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El sueño sancristobaleño de un corredor verde

Los sueños que se cumplen deben de ser voladores. De otra manera no se entiende la perseverancia y el tesón para perseguir quimeras que ha tenido la especie humana. Por Adrián Dubinsky
Foto. Adrián Dubinsky

Los sueños que se cumplen deben de ser voladores. De otra manera no se entiende la perseverancia y el tesón para perseguir quimeras que ha tenido la especie humana. Por Adrián Dubinsky.

El sueño en abstracto

A veces, bajo la mala influencia de los postulados de su tiempo, ha tenido mucha inteligencia, pero poca criticidad, poca mirada a largo plazo, bajas tensiones morales; otras, obró bajo el paraguas protector de la supervivencia y teniendo al pseudo valor de la caridad permeando todos los estratos de las disquisiciones o ideas que tienden a cuajar en nuevos moldes societarios; la caridad solo se entiende como un valor nacido de la existencia de la desigualdad; jamás florecería en una sociedad de amparo.

Los sueños, decía, deben de tener alas; de no ser así, no podríamos comprender la obstinación en querer un mundo mejor donde lo que la realidad nos quiere proponer es especulación, miserias, perspectivas nulas, individualismo libertario y nihilismo.

En ese sentido, en nuestra ciudad se han acometido sueños de todo tipo: obras faraónicas como las viles autopistas que masacraron mampostería e identidad, hasta proyectos más altruistas como el saneamiento del Riachuelo que, entre cuidado estatal, participación vecinal y comunitaria, parece haber emprendido un camino inexorable. En mi barrio, también han deambulado innumerables sueños. Pero empecemos por el principio: 

Yo vivo en el barrio de San Cristóbal, barrio que integra la comuna 3. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), cada ser humano necesita entre 10 y 15 metros2 de espacio verde para tener una calidad de vida saludable; en la Comuna 3 es de 0,4 M2.; es decir, menos de medio metro2 por persona. A ese promedio se llegó -hasta hace poco era menos-, luego de que una larga lucha vecinal y una ágil estrategia política, diese como resultado el Parque de la Estación, realizado sobre terrenos abandonados del Estado (bajo la égida del Gobierno de la Ciudad de Bs. As.). El gobierno de la Ciudad había pensado esos terrenos con la única lógica que los moviliza, y que está regida por el principio del negocio inmobiliario: donde hay un espacio, hay un derecho al negocio. En cambio, la fuerza de la comunidad logró persistir en un sueño, en el por que sí de la utopía, y luego de más de 20 años de tesón, ese parque es una realidad y cuenta con una mesa de consenso y participación que funciona bastante bien. Ese sueño ya ha cristalizado. 

Podríamos caracterizar al sueño, en su acepción proyectada, a partir de dos componentes base: el de carácter material, que se cumple o se frustra, y el de carácter inercial, aquel que lo dota de espíritu, que funge como energía vital de cualquier sueño y, por ello, puede mutar, puede quedar flotando a la espera de otro accionar en el cual encarnar, independientemente del fin de ese sueño: tanto podría ser salvar la humanidad como erigirse en participe de una clase de semidioses. El sueño no es muy diferente al poder, en los términos que lo plantea Dussel en sus 20 tesis de política: según el mendocino vuelto universal, el poder, en términos políticos, siempre reside en el pueblo. A ese poder, él lo llama Potentia; es el poder larvado, el que existe sin extenderse, el que está, pero solo se experimenta cuando de despereza iracundo. Ese poder, en una sociedad política, es delegado en los gobernantes; es entonces cuando se transforma en Potestas; es decir, el poder ejercido. Pero, en ambos casos, el poder, siempre, reside en el Popolo. El sueño, al igual que el poder, siempre reside en el pueblo -y jamás en el antipueblo; allí solo anida el ejercicio de un cierto poder; tiránico, sí, pero ajeno. El verdadero valor ético del ejercicio del poder radica en el precepto García Lineriano de mandar obedeciendo; y todo sueño revestido de esperanza comunitaria que se precie de serlo, debe encontrar una tracción anclada en un proyecto lograble, aunque de incierto plazo y que obedezca el mandato de la voluntad colectiva. 

Nacimiento de un sueño

El otro día, a la tarde, hacía calor. Es la primera vez que la temperatura subía hasta 26 grados en meses. Adorador del calor, salí a efectuar un trámite burocrático imbuido de la percepción de que ese trámite era totalmente secundario en mi iniciativa de emprender la caminata. Ya no estaba yendo a hacer un trámite, sino que salía a caminar y de paso, ya que andaba por donde se me cante, hacía el trámite. 

El camino elegido fue, saliendo de Pavón entre Pichincha y Matheu, agarrar por Matheu hasta Cochabamba, y luego enfilar hacia el lado de Entre Ríos siguiendo el camino que pasa por las placitas linderas de los bajo-autopista. Todas las plazas -a excepción de la Plaza Canaro, que queda frente a donde estaba su casa de la infancia- llevan el nombre de una Madre que fue desaparecida mientras buscaban a sus hijxs desaparecidxs durante la dictadura cívico-militar-eclesiástica comenzada en 1976. Los nombres de las plazas son: Plaza Esther Ballestrino de Careaga, ubicada en Alberti 1341 y cuenta con 0,009 Ha.; Plazoleta Rosa H. Cirullo de Carnaghi, ubicada en Alberti 1352 y cuenta con 0,017 Ha.; Plazoleta Ángela María Aieta de Gullo, ubicada en Combate de los Pozos 1200 y cuenta con 0,117 Ha.  Plazoleta Matilde Vara de Anguita, a la vera de la autopista entre Rincón y Sarandí, que cuenta con 0,12 Ha.; Plazoleta Ramona Gastiazoro de Brontes, ubicada en Cochabamba 2350 y cuenta con 0,155 Ha. Plazoleta Delia Avilés de Elizalde, ubicada en Cochabamba 2200 y cuenta con 0,114 Ha. Plazoleta María Ponce de Bianco, Ubicada en Dr. Eduardo Jenner 1960 y cuenta con 0,007 Ha. Plazoleta Elena Rabinovich de Levenson, ubicada en Sarandí 1300 y cuenta con 0,12 Ha. Plazoleta Irene Orlando, ubicada en Rincón 1300. Patio Francisco Canaro, ubicado en Cochabamba 1948 y cuenta con 0,21 Ha. 

Es evidente que en uno de los barrios más castigados por la urbanización y la falta de política pública ambiental sobre la salud de las personas que aquí viven, no se puede pensar en demoler manzanas para hacer espacios verdes (aunque sí lo hicieron para hacer la autopista); con lo cual nos queda una sola opción: aprovechar cuanto espacio pasible de llenarse de vegetales se pueda. 

En ese sentido, mientras caminaba por las calles que limitan con esas plazas, la potentia del sueño, ese brillo imperceptible que nutrió antiguos sueños de esta comuna, y que se ve que aún deambulaba por estos lados, encarnó en mí. Se reveló ante mis ojos lo evidente: a lo largo de esas calles, había unas cuantas cuadras de la calle Cochabamba, más precisamente entre Rincón y Matheu, en las que no me cruzaba con casi ningún coche, y que bien vendría peatonalizarlas, pero no para hacer callecitas de cemento pedestres, sino un gran corredor verde: El corredor verde Jorge Larroca. 

Foto. Adrián Dubinsky

Ampliación del sueño

Cuando uno pasea por esas plazas, muchas veces poco frecuentadas, está más que claro que si el gran logro de tener un parque en la Comuna 3 como el Parque de la Estación, no tiene una consecución en detener la construcción de edificios que solo redundará en una menor cantidad de metros cuadrados de espacio verde por habitantes en estos barrios, ese logro se verá truncado por la codicia y el negocio a costa de cualquier cosa, y solo la recuperación de más espacios para llenarlos de flores, árboles y mariposas, podrá contraponerse a esa lógica antiurbana (sí, antiurbana: ninguna ciudad con altos parámetros de armonía ecológica se jacta de quitar espacio verde, en lugar de sumarlo).

Como todo sueño, ahora, lo que falta, es que coagule como esperanza colectiva, que prendan sus gajos en el ideario del/la sancristobaleño/a y que comencemos a dotar de fuerza motriz al poder onírico, que lo veamos engrosar en su densidad y que se vuelva un manantial irrefrenable. Solo falta apelar, por momentos, a la imaginación y a la difusión, invitar a la/os vecina/os a caminar esas cuadras, e imaginarlas colmadas de plantas autóctonas, de colores que atraigan aves y mariposas, de pensarse como parte de un sueño realizable y que, de una vez por todas, la/os habitantes del sur de la ciudad podamos estar más cerca de un Buen Vivir Urbano.

1 El nombre sería homenaje al historiador del barrio y autor del libro San Cristóbal, el barrio olvidado.