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La casa de Boratto, un patrimonio histórico en la calle Barcala

En principio estas palabras tenían como destino transformarse en una nota. Acaso sea una nota, o tal vez no. Lo cierto es que saldrá publicada en ese formato, pero tal vez sea más un ensayo sobre la casualidad histórica y el deber de defender el patrimonio y lo que ello conlleva. Por Adrián Dubinsky

Este artículo, o como quieran llamarle, nació de un vínculo comunitario, a partir de una serie de relaciones que se forjan en un espacio determinado, en una pequeña comunidad, y durante muchos años se concatenan personas que van tejiendo una red real, no solo a través de la virtualidad -aunque no podemos dejar de reconocer la importancia de las redes sociales para darles otro impulso a esos sustratos de la comunidad que a pesar de la hiper licuefacción de la realidad, se obstinan en juntarse en pos del bien comunitario-.  En este caso, la información sobre lo que estaba ocurriendo en una de las casas que debería guardar mucha importancia para mi barrio, me la pasó mi exprofe de geografía en el secundario, luego rectora de ese colegio (el Mariano Acosta), y actualmente integrante del Consejo Consultivo de la Comuna 3, la profe Raquel Papalardo. Pero empecemos por el principio.

El 7 de enero de 1919 comenzó una de las páginas más lúgubres del movimiento obrero: la Semana trágica. Esos días de pólvora y sangre comenzaron en los Talleres de la empresa metalúrgica, que quedaban en los terrenos donde actualmente se erige la plaza Martín Fierro y el polideportivo. Durante una semana, una huelga que había comenzado en diciembre del 18 entre los obreros de los Talleres Vasena por una serie de reivindicaciones que luego lograrían (1), se extendió por toda la ciudad,  y derivó en una masacre entre los obreros perpetrada por parte de las fuerzas de seguridad; pero además, anidó en su interior dos prácticas siniestras: la actuación de grupos parapoliciales (la Liga Patriótica), integrada por niños bien; y el primer Progrom de América Latina desatado en la zona de Once y alrededores y que se denominó “La caza del ruso”, entendiendo que el complot maximalista que imaginaban que se cernía sobre la patria del modelo agroexportador, se debía a un complot judío-comunista. 

El saldo de muertos, desaparecidos y heridos es inmenso y varía según la fuente consultada. El Dr. Macagno, presidente de la Junta de Estudios Históricos de San Cristóbal “Jorge Larroca”, alude a un parte del embajador norteamericano que consigna un número muy exacto y que es mayor al que mencionaban los periódicos obreros la Protesta y La Vanguardia -700 muertos-, sendos órganos de difusión de Anarquistas y Socialistas respectivamente. El mencionado embajador habla de 1346 fallecidos, el doble de lo que mencionan las dos publicaciones de laburantes. 

En esas jornadas, que a priori parecieran anárquicas -en el sentido más ramplón del término-, lo que primó entre las organizaciones obreras fue, valga la redundancia, la organización. Sumado a ellas, corrían pareja la solidaridad, el compañerismo, la esperanza y el tesón. En el caso de los Talleres Vasena, entre los delegados se encontraba Mario Boratto, un integrante de Metalúrgicos Unidos, obrero católico, no anarquista y que integraba el comité de Huelga junto a su amigo personal Juan Zapetini (Secretario General) y a los obreros Rafael Terranova, Antonio Méndez, Ernesto Gravino, Pedro Smulski y Manuel Sánchez (Silva: 94). En 1909, Boratto, italiano venido a los quince años a la Argentina, se instaló en un cuarto en la calle Luca 1436/54, en los altos del Mercado de los Italianos. Allí conoció a la hija de la dueña, Juana Santos Ramallo, con quien formó familia. Primero vivieron en la calle Castro 1726, y luego se mudaron a la casa de la calle Barcala 3063. Para la época de la huelga ya vivía en esa casa, que aún se mantiene en pie, y que es la protagonista de esta nota. Desde la terraza de esa casa, la única en pie desde esa época directamente frente a la plaza, la hija de Boratto (fallecida en 2004 a los 90 y pico de años), fue testigo ocular de los vaivenes de la lucha y la represión. Solo por ese hecho, esa casa que mantiene su fachada original debería preservarse como Patrimonio Histórico.

No es menor, a efecto de buscar casualidades mágicas para esta nota, que el nombre de la cortada de solo una cuadra de extensión -entre La Rioja y Urquiza, paralela a San Juan y a Cochabamba- sea un homenaje a Lorenzo Barcala (1795 – 1835) (2), el primer afroargentino que llego a coronel, luchando para el bando unitario y secundando a Juan Lavalle y luego a Lamadrid, aunque luego de la batalla de La Ciudadela, en la que triunfó Facundo Quiroga, el riojano lo indultó y lo nombró su edecán. Cuando Quiroga fue asesinado, Barcala fue parte de la dispersión de fuerzas del Tigre de los Llanos, y poco tiempo después fue fusilado acusado de ser parte de una conspiración para asesinar a Aldao. Lo concreto, es que el nombre de la calle pertenece a un miembro de una de las comunidades más invisibilizadas de nuestra Patria: la afroargentina. 

Pero ese dato es uno más de las vueltas de la vida y el espíritu de lucha que se encarna en esa casa, que pareciera mantenerse vivo. Actualmente allí funciona el único centro cannábico de San Cristóbal y uno de los pocos de Bs. As.: el Jardín del Unicornio (Asociación Cultural y Club del Cultivo Cannábico Jardín del Unicornio), cuyo comando reside en dos militantes por la legalización de la marihuana y el uso lúdico de la misma: Nermi Zappia y Julián Peré. 

A priori, uno imagina que un club tiene socios, y así es. Entre los socios de este club particular se encuentran aquellxs que son adherentes por temas lúdicos (23 socixs), y otros por temas médicos (alrededor de 400 socixs). La calidad de la marihuana que allí se cultiva es de tal magnitud, que en una apuesta a la ciencia y a las libertades -no del orden neolibertario, sino de aquellas que abrevan en algunos aspectos del libertarismo originario, similar al que tenía Boratto-, en 2017 la Universidad Nacional de La Plata decidió cultivar con fines de investigación tres genéticas diferentes, dos de las cuáles provienen de nuestro insigne barrio. Esas tres variedades, junto a una agrogenética riojana, se están cultivando a nivel provincial para hacer aceite y brindarlo a hospitales públicos.

Pero el camino para mantener y desarrollar un club cannábico no fue sencillo en un país con leyes prohibicionistas (como en la mayoría del mundo). En el año 2012 sufrieron un allanamiento, pero lo que parecía ser una acción violenta inscripta en el marco de la “guerra contra las drogas”, terminó siendo una manifestación a favor de la legalización y al derecho a juntarse en un lugar privado a fumar marihuana de manera lúdica. Mientras secuestraban 56 plantas de porro, afuera se iba juntando una masa crítica pacífica que sahumó la calle Barcala y que, seguramente, incidió en que el procedimiento no terminase con detenidos. Tiempo después, el juez federal Sergio Torres declaró la inocencia de lxs imputadxs y no quedó nadie ni detenido ni con causa abierta, entendiendo el juez que bajo ningún concepto se vulneraba la ley por ejercer el derecho a plantar, cultivar y fumar marihuana. 

Es cierto que en Argentina aún faltan muchas cosas, y la libertad de cosechar, fumar, consumir medicinal o lúdicamente tal o cual sustancia no pareciera ser de orden prioritario, pero cuando vemos que la vida de más de 30 pibes, provenientes de los sectores más humildes de nuestro conurbano se esfuma por un tema de salud pública y marginalización evitable, la discusión acerca de la reducción de daños, la prevención, la descriminalización del consumidor y la legalización y control del Estado sobre el tema nos obliga a poner en agenda este tema. Además, nadie dice que un tema no prioritario no puede tratarse al igual que otros asuntos que circulan por otros andariveles. 

Por lo pronto, en este caso, se cruzan algunas líneas de luchas transversales: la lucha patrimonial, por conservar una casa histórica e importante para la memoria del barrio, de la ciudad y de la Argentina toda; la lucha que pone sobre el tapete las necesidades de vivienda reales y no el avance de los negocios inmobiliarios que no le importa cargarse una casa para hacer un edificio de nueve pisos; la lucha por espacios verdes en la ciudad, que en uno de los barrios más castigados en ese sentido (tiene 0,4 m2 por habitante, cuando la OMS recomienda un mínimo de 10 m2, un edificio quitaría oxígeno a un espacio frente a la Plaza Martín Fierro); la lucha por la legalización de la marihuana y, sobre todo, la soberanía en las decisiones comunitarias que deberían ser tomadas por la comunidad barrial, por la Junta Comunal y el correspondiente ida y vuelta -con rango constitucional en la ciudad- con el consejo Consultivo. 

Para visualizar la lucha que se desarrolla en el corazón del barrio, el viernes 18 a las 18 hs. Se realizará una merendada gratuita en esquina de Rioja y Barcala, y sin duda será un espacio para visibilizar la cuestión y seguir tejiendo redes comunitarias, que tanto en el año 19 del siglo XX como en estos tiempos, son vitales para mantener viva la memoria, la lucha y la trama, sin la cual, un barrio solo sería una colección de inmuebles.

 Lo que comenzó con una nota sobre la casa de Boratto, terminó transcribiendo el sobrevuelo de un espíritu de lucha, de convicciones y de militancia que atraviesa el barrio San Cristóbal y los alrededores de una plaza que le cupo suceder a una fábrica en la que comenzó una de las gestas obreras más importantes de Nuestra América. Conocer, defender y buscar preservar el patrimonio material e inmaterial de nuestro barrio es responsabilidad de cada unxs de lxs sancristobaleñxs, y hacia allí vamos.

1 1°.- Jornada diaria de 8 horas. 2°.- Aumento del 20% de los jornales superiores a $ 4,99. 3°.- Aumento del 30% de los jornales de $ 3 a 4,99. 4°.- Aumento del 40% de los jornales inferiores a $ 3,00. 5°.- El trabajo extra será voluntario, abonándose con el 50% de prima. 6°.- Los domingos se abonarán los salarios con el 100% de prima. 7°.- Abolición del trabajo a destajo. 8°.- No se tomarán represalias con el personal que abandone el trabajo. Silva, Horacio: Días rojos, verano negro. Enero de 1919, la semana trágica de Buenos Aires. Ed. Terramar. Bs. As. 2011. 148.

2 Otra casualidad, radica en que el hijo natural de Barcala fue bautizado como Cristóbal Barcala, aunque luego tomó el nombre de su padre. Pero poco podía saber el coronel negro que su nombre sería inscripto en una calle en un barrio que tuviese un patrono con el nombre de su hijo.