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NUEVAS PROTESTAS EN BRASIL

Decenas de miles de trabajadores se movilizaron en todos los estados. Sumaron sus propias reivindicaciones a los reclamos de las gigantescas manifestaciones de junio. Un movimiento obrero dividido y sin una dirección muy clara. Dilma prepara nuevas recetas para amortiguar la movilización popular.

Decenas de miles de trabajadores se movilizaron en todos los estados. Sumaron sus propias reivindicaciones a los reclamos de las gigantescas manifestaciones de junio. Un movimiento obrero dividido y sin una dirección muy clara. Dilma prepara nuevas recetas para amortiguar la movilización popular.

En el “Día Nacional de Lucha” convocado por las cinco centrales sindicales brasileñas para el jueves 11 de julio, numerosos grupos de trabajadores pararon y cortaron rutas en todo el país, incluyendo la Vía Dutra, la autopista más importante del país que une Río de Janeiro con San Pablo. Decenas de miles de obreros metalúrgicos, químicos y de la construcción, empleados de transporte y de la alimentación, maestros, empleados bancarios, de comercio y estatales se movilizaron en todos los estados del Brasil.

La huelga fue continuidad de las multitudinarias protestas que sacudieron al país el mes pasado, cuando hasta un millón de manifestantes se lanzaron a las calles contra la carestía del transporte, los altísimos impuestos, la corrupción que campea en todos los niveles oficiales, y los miles de millones de dólares invertidos en el Mundial de fútbol de 2014 y en los Juegos Olímpicos de 2016 en Río de Janeiro, y exigiendo que se usen para mejorar los hospitales, escuelas y el transporte público.

La participación obrera sumó sus demandas específicas: contra la inflación, reducción de la semana laboral a 40 horas, contra la reducción del monto de las jubilaciones anticipadas, y anulación de un proyecto de ley que permite a las empresas ampliar el número de trabajadores tercerizados.

La presidenta Dilma Rousseff intentó diluir las protestas, e incluso canalizarlas para acumular fuerza propia con vistas a las elecciones de 2014, con propuestas como un plebiscito sobre la realización de una Asamblea Constituyente que introduzca “reformas políticas”, pero las oligarquías terratenientes, industriales y financieras que dominan la oposición, el Parlamento y el propio partido de gobierno (el PT de Lula y Dilma) se espantaron, y esas propuestas enseguida fueron archivadas.

 

Bloqueos de rutas y puertos

En la ciudad de Sao Paulo, la mayor ciudad del país (20 millones de habitantes en el área metropolitana) los trabajadores bloquearon terminales de micros y ocuparon varias avenidas. Los estibadores del puerto de Santos (estado de Sao Paulo), el mayor de Latinoamérica, realizaron su segundo día de huelga, y bloquearon las rutas de acceso impidiendo la entrada de camiones al puerto y al parque industrial de Cubatao. Estibadores en huelga también bloquearon el acceso a los puertos en otros seis estados; el sindicato, que agrupa a 80.000 portuarios, rechaza un decreto presidencial que establece nuevas reglas para las concesiones de puertos estatales y autoriza nuevos puertos privados.

También fueron bloqueados los accesos al complejo industrial y portuario de Suape, en Pernambuco (noreste), donde trabajan 75.000 personas.

En San Salvador de Bahía, Porto Alegre, Curitiba, Florianópolis, Belo Horizonte y Manaos pararon colectivos y trenes. Varias escuelas cerraron sus puertas y algunos hospitales sólo atendieron urgencias.

 

Movimiento obrero dividido

Aunque acordaron realizar las movilizaciones del 11/7, las centrales sindicales brasileñas no sólo expresan la división del movimiento obrero sino el carácter conciliador o directamente colaboracionista de sus direcciones con el gobierno y las patronales. La Central Unica de Trabajadores (CUT), la mayor, fundada en los años ’80  por el ex presidente Lula da Silva, es prácticamente un apéndice del gobierno, buscó por todos los medios evitar que la movilización enfilara directamente contra Dilma y fuera más bien contra el desprestigiado Congreso nacional. Otras como Fuerza Sindical son algo más críticas del gobierno y denuncian la inflación —que en junio alcanzó el 6,7% anual—, pero se limitan a reclamar “cambios” en el equipo económico.

El clasismo nunca logró constituirse en una corriente poderosa en el movimiento obrero brasileño, aunque tuvo momentos de cierta fuerza en los ’80. Esta es quizá la principal debilidad de los sectores populares que hicieron que “el gigante despertara” y ganara masivamente las calles un mes atrás, pero que aún no encuentran en la clase obrera el caudillo capaz de unir a los diversos afluentes populares en un mismo torrente. Millones de campesinos siguen sin tierra y sin reforma agraria. Cientos de miles de trabajadores y desocupados siguen hacinándose en las favelas sometidos al hampa y a los narcos.

Y esto mientras en el Brasil “neodesarrollista” de Dilma y de Lula los monopolios sojeros, industriales y bancarios socios de distintas potencias siguen los recurso naturales y las potencialidades de los brasileños. Todo esto se da en el contexto de BRIC y de las crecientes asiociaciones de varios países de la región con China y Rusia en contra de la histórica injerencia de E.E.U.U. en la zona.