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Ataque a la murga Resaca Murguera: tensión, resistencia cultural y defensa del espacio público en la plaza Martín Fierro

Integrantes de una histórica murga de San Cristóbal relatan cómo atravesaron semanas de hostigamiento, la fuerte presencia estatal en los ensayos y la decisión de priorizar el cuidado del espacio comunitario frente a un clima de creciente tensión sobre el uso del espacio público. Por Martín Bustamante.

El ataque sufrido por la murga Resaca Murguera en la plaza Martín Fierro no fue un hecho aislado ni un conflicto menor. Para quienes integran esta histórica agrupación de San Cristóbal, lo ocurrido forma parte de una escalada de hostigamientos que excede al barrio y pone en discusión el lugar de las expresiones culturales populares en el espacio público porteño.

En diálogo con Abran Paso, Pablo y María Eugenia, integrantes de la murga, relataron cómo atravesaron las semanas posteriores a las agresiones y cómo fue el primer ensayo luego de la suspensión preventiva que decidieron llevar adelante para reorganizarse y cuidar a la comunidad murguera.

“El sábado fue el primer ensayo después de todo lo que pasó. El miércoles lo habíamos dado de baja para ver cómo seguir”, explicó Pablo. Ese regreso estuvo marcado por una fuerte presencia institucional: integrantes de la Defensoría del Pueblo, personal del área de Espacio Público y efectivos policiales se acercaron a la plaza para fiscalizar la actividad, a pesar de que la murga cumple con los permisos y horarios establecidos desde hace años.

Antes de ensayar, Resaca Murguera realizó reuniones internas para explicar la situación a sus integrantes, reforzar el cumplimiento estricto del horario y evitar cualquier situación que pudiera generar nuevos conflictos. El ensayo duró apenas entre 20 y 30 minutos y se trasladó a otro sector de la plaza, con el objetivo de minimizar molestias y reducir tensiones.

“Había preocupación, pero también muchas ganas. La gente entendió, acompañó y por suerte no pasó nada”, contó Pablo. Lejos de un clima hostil generalizado, los murgueros recibieron muestras de apoyo de vecinos que se acercaron a preguntar qué había pasado y por qué se había suspendido el ensayo anterior. “Muchos no sabían nada de la problemática y nos apoyaron”, agregó.

María Eugenia destacó que el acompañamiento no fue solo vecinal. También recibieron respaldo de clubes de barrio, de la Red Comunal de San Cristóbal, de otras murgas y de organizaciones culturales. En ese marco, la agrupación impulsó un petitorio para proteger la plaza y garantizar la continuidad de los ensayos, reuniendo firmas de vecinos y murgueros de distintos barrios.

El conflicto se da en un contexto complejo. En marzo vence el permiso de ensayo de la murga y, ante la escalada de denuncias y agresiones, Resaca Murguera busca reunir antecedentes que respalden su trabajo territorial de 27 años ininterrumpidos en el barrio. “Necesitamos defender lo que venimos haciendo hace décadas”, señaló María Eugenia.

Uno de los hechos que más preocupación generó fue la desaparición de dos placas conmemorativas instaladas en la plaza. Una de ellas recordaba el lugar de ensayo de la murga y homenajeaba a su fundador, el Mono Saldivia; la otra señalizaba el histórico Corso de San Cristóbal. Ambas incluían códigos QR con información sobre la historia del carnaval barrial. “Fue muy angustiante. Es un proceso que costó mucho construir”, lamentó.

Para la murga, estos episodios no son casuales. Denuncian una movida organizada que busca instalar una agenda contraria a las murgas, amplificada por redes sociales y algunos medios. Incluso mencionan un proyecto presentado por una agrupación autodenominada “Buenos Vecinos”, que propone trasladar los ensayos fuera de las plazas, lo que para los murgueros implicaría perder identidad y arraigo territorial.

“Cada murga tiene su barrio y su espacio. No podemos ir a ensayar a otro lado, porque perderíamos nuestra identidad”, explicó Pablo. Además, remarcan que existe una normativa que regula distancias entre murgas justamente para preservar la convivencia y la identidad barrial.

Ante el escenario de agresiones, denuncias falsas y falta de garantías de seguridad, Resaca Murguera tomó una decisión dolorosa: no realizar el corso este año en la plaza Martín Fierro. La medida busca proteger a sus integrantes y al público, pero tiene consecuencias económicas directas. El corso financiaba, entre otras cosas, los micros que trasladan a la murga —compuesta por más de 130 personas— a otros corsos de la Ciudad.

“Tenemos más de 80 chicos y chicas, adultos mayores, familias enteras. La murga es un espacio gratuito de encuentro, contención y participación”, subrayó María Eugenia. Para muchas personas, incluso adultos mayores de 80 años, es uno de los pocos espacios sociales que sostienen semana a semana.

Desde la murga cuestionan la narrativa mediática que plantea un falso enfrentamiento entre “murgueros y vecinos”. Los murgueros también somos vecinos. Somos parte del barrio”, remarcan. En ese sentido, defienden la murga como un proyecto colectivo, cultural y comunitario, profundamente arraigado en San Cristóbal.

Mientras continúan ensayando con cuidados extremos y asesoramiento legal en derecho cultural, Resaca Murguera reafirma su compromiso con el barrio y convoca a quienes quieran conocer su trabajo a acercarse a la plaza Martín Fierro los miércoles de 19 a 21 y sábados de 18.30 a 20.30.

En medio de un clima de tensión creciente sobre el uso del espacio público, la murga insiste en algo simple pero poderoso: defender el encuentro, la cultura popular y la identidad barrial.