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Los riesgos de la inteligencia artificial: una tecnología que transforma la sociedad y abre nuevos interrogantes

La expansión de la inteligencia artificial genera oportunidades tecnológicas, aunque también abre debates sobre la privacidad, la automatización laboral, los sesgos y la desinformación. Por Marcos Bolivar.

El iPhone 18, como otros dispositivos que incorporan herramientas de inteligencia artificial, forma parte de una transformación tecnológica que promete facilitar tareas cotidianas, pero que también plantea interrogantes sobre la privacidad, el empleo, la desinformación y el control de las decisiones. La inteligencia artificial dejó de ser una tecnología limitada a laboratorios o grandes empresas y comenzó a integrarse en teléfonos, buscadores, plataformas digitales, oficinas, escuelas y organismos públicos.

Una tecnología con múltiples oportunidades

La inteligencia artificial permite analizar grandes volúmenes de información, reconocer patrones, producir textos, crear imágenes, traducir idiomas y automatizar procesos. En determinados ámbitos, puede mejorar la atención médica, colaborar con la investigación científica o reducir la exposición de trabajadores a tareas peligrosas.

Sin embargo, sus beneficios no eliminan los riesgos derivados de su utilización. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) advierte que la incorporación de sistemas automatizados debe estar acompañada por políticas capaces de proteger la salud, la seguridad y los derechos de las personas trabajadoras.

El problema no se encuentra solamente en la tecnología, sino también en quién la desarrolla, con qué datos se entrena, qué objetivos persigue y cómo se controlan sus resultados.

Privacidad y utilización de los datos

Uno de los principales riesgos está relacionado con la enorme cantidad de información que los sistemas de inteligencia artificial pueden recopilar y procesar. Fotografías, conversaciones, ubicaciones, hábitos de consumo, registros laborales y datos personales pueden utilizarse para generar perfiles detallados sobre los individuos.

En muchos casos, las personas desconocen qué información se almacena, durante cuánto tiempo se conserva o con qué finalidad se utiliza. La incorporación de asistentes inteligentes en teléfonos y plataformas digitales puede ampliar estas preocupaciones, especialmente cuando las herramientas tienen acceso a documentos, contactos, mensajes o actividades personales.

La privacidad no depende únicamente de aceptar los términos y condiciones de una aplicación. También requiere transparencia, límites claros y mecanismos para que los usuarios puedan conocer y controlar el uso de sus datos.

Desinformación y contenidos falsos

La inteligencia artificial generativa también modificó la producción y circulación de imágenes, videos y audios. Hoy es posible crear contenidos que imitan la voz o la apariencia de una persona y que pueden resultar difíciles de distinguir de un material auténtico.

Los llamados deepfakes pueden utilizarse para realizar estafas, difundir noticias falsas, perjudicar la reputación de una persona o manipular debates públicos. Un informe de seguridad nacional español señaló que la inteligencia artificial generativa permite producir contenidos falsos de alta calidad a gran escala, mientras que las redes automatizadas pueden ampliar su circulación.

Este escenario representa un desafío particular para el periodismo. La verificación de imágenes, audios y videos requiere más tiempo y herramientas especializadas, mientras que la velocidad de difusión de una falsedad puede superar la capacidad de respuesta de los medios de comunicación.

El impacto sobre el empleo

La automatización de tareas es otra de las cuestiones centrales del debate. La inteligencia artificial puede redactar documentos, resumir información, procesar datos, generar código y realizar actividades que antes requerían una intervención humana constante.

Un estudio de la OIT publicado en 2025 estimó que uno de cada cuatro trabajadores en el mundo se desempeña en una ocupación con algún grado de exposición a la inteligencia artificial generativa. No obstante, el organismo sostuvo que el resultado más probable es la transformación de numerosos puestos de trabajo, más que su desaparición completa.

El impacto no será igual en todas las actividades. Algunas tareas pueden automatizarse, mientras que otras exigirán nuevas capacidades. El riesgo aparece cuando la incorporación de tecnología se realiza sin capacitación, diálogo con los trabajadores ni mecanismos para distribuir sus beneficios.

Sesgos y decisiones automatizadas

Los sistemas de inteligencia artificial aprenden a partir de datos. Cuando esos datos contienen desigualdades, errores o discriminaciones históricas, los resultados pueden reproducirlas o incluso profundizarlas.

Esto puede ocurrir en procesos de selección laboral, evaluación de candidatos, asignación de créditos, acceso a servicios o vigilancia. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) advierte que los datos sesgados, la falta de transparencia y la ausencia de rendición de cuentas pueden generar decisiones perjudiciales, especialmente en el sector público.

La dificultad aumenta cuando una persona no puede comprender por qué un sistema tomó determinada decisión ni cuenta con una vía efectiva para cuestionarla.

Vigilancia y pérdida de autonomía

En el ámbito laboral, la inteligencia artificial también puede utilizarse para controlar los tiempos, medir el rendimiento o supervisar los movimientos de los empleados. Aunque estas herramientas pueden colaborar con la organización del trabajo, su uso excesivo puede generar presión, pérdida de autonomía y problemas de salud psicosocial.

La OIT señaló en 2026 que la vigilancia intrusiva, la intensificación del trabajo y la reducción de la autonomía pueden producir nuevos riesgos para el bienestar de los trabajadores.

La discusión no consiste en rechazar toda herramienta automatizada, sino en establecer límites sobre la manera en que se aplica y sobre quién controla sus resultados.

La necesidad de reglas y supervisión

Los riesgos de la inteligencia artificial plantean una responsabilidad compartida entre empresas, gobiernos, instituciones educativas y usuarios. La regulación debe contemplar la protección de datos, la seguridad, la transparencia, la no discriminación y la posibilidad de intervención humana.

La inteligencia artificial puede convertirse en una herramienta útil para mejorar distintos aspectos de la vida social. Pero sus beneficios no deberían medirse solamente en términos de velocidad, productividad o rentabilidad. También es necesario considerar sus efectos sobre los derechos, las condiciones laborales y la calidad de la información pública.

El desafío de los próximos años será encontrar un equilibrio entre innovación y control democrático. La tecnología continuará avanzando, pero las decisiones sobre sus límites y sus usos deberían permanecer abiertas al debate social.