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Barrios populares de Buenos Aires: mejoraron la escolarización y las condiciones de vida, pero persisten las brechas laborales y de ingresos

La asistencia escolar y las condiciones materiales mejoraron en los barrios populares de Buenos Aires durante dos décadas. Sin embargo, persisten las brechas de empleo, ingresos, educación y cobertura de salud. Por Martín Bustamante.
Barrios populares

El 94,2% de los chicos y adolescentes de entre 3 y 17 años que viven en barrios populares informales asiste a establecimientos educativos, frente al 82,9% registrado en 2001. Sin embargo, el desempleo continúa por encima del promedio porteño, las mujeres enfrentan mayores dificultades para acceder al trabajo y el 61,4% de los residentes depende exclusivamente del sistema público de salud.

Un informe del Instituto de Estadística y Censos de la Ciudad de Buenos Aires muestra avances en las condiciones educativas, sanitarias y habitacionales de los Barrios Populares Informales (BaPIs) durante las últimas dos décadas. Al mismo tiempo, los datos revelan que las mejoras no eliminaron las desigualdades económicas y sociales respecto del conjunto de la Ciudad.

El documento, elaborado a partir de los censos nacionales de 2001, 2010 y 2022, analiza la evolución de la educación, la cobertura de salud, la inserción laboral y las condiciones de pobreza. En el último relevamiento se identificaron 19 barrios populares informales de tipo villa y 26 microinformalidades.

Más chicos escolarizados, pero persiste la brecha educativa

Uno de los avances más significativos aparece en la asistencia escolar. En 2001, el 82,9% de la población de entre 3 y 17 años residente en los BaPIs concurría a establecimientos educativos. En 2022, el indicador llegó al 94,2%, una mejora de 11,3 puntos porcentuales.

La distancia con el promedio de la Ciudad también se redujo: mientras que en 2001 la diferencia era de 10,8 puntos, en 2022 quedó en 2,6 puntos. Para ese último año, la asistencia escolar porteña alcanzó el 96,8%.

Sin embargo, las diferencias aparecen con mayor claridad cuando se observan las edades y los niveles educativos. Entre los chicos de 6 a 12 años, la escolarización se acerca a la universalidad. En cambio, entre los adolescentes de 13 a 17 años, el 7,2% de quienes viven en barrios populares permanecía fuera del sistema educativo formal en 2022.

También creció la asistencia de jóvenes de entre 18 y 24 años: pasó del 18,7% en 2001 al 45,9% en 2022. Aun así, el indicador se ubicó más de 20 puntos por debajo del promedio de la Ciudad, que llegó al 66,6%.

La finalización del secundario presenta otra brecha importante. En 2022, el 39% de la población de 25 años o más de los BaPIs había completado al menos ese nivel, frente al 78,1% del total porteño. La proporción se duplicó respecto de 2001, cuando era del 20%, pero la diferencia entre ambos universos continúa siendo amplia.

Entre las personas de 25 a 29 años, el avance fue mayor: el porcentaje con secundario completo o más subió del 25,8% al 51,8% en el período analizado.

El empleo mejoró, pero la desocupación afecta más a las mujeres

El panorama laboral muestra una recuperación considerable frente a la situación registrada durante la crisis de comienzos de siglo, aunque persisten dificultades para acceder a un empleo.

La tasa de empleo en los barrios populares pasó del 44,8% en 2001 al 67,2% en 2010. En 2022 retrocedió al 64,3%, aunque se mantuvo por encima del nivel inicial. La desocupación, por su parte, cayó del 35,2% al 6,9% entre 2001 y 2010, pero volvió a subir hasta el 8,9% en 2022.

Ese último valor superó la tasa de desempleo del conjunto de la Ciudad, que se ubicó en el 7,5%.

Las diferencias de género son otro de los datos centrales del relevamiento. En 2022, la tasa de empleo de los varones residentes en BaPIs fue del 71,5%, mientras que entre las mujeres alcanzó el 57,8%. La desocupación femenina llegó al 11,2%, frente al 6,7% registrado entre los varones.

En otras palabras, las mujeres no solo tienen una menor participación en el empleo: también enfrentan mayores dificultades para conseguir trabajo.

La formalización laboral mostró una evolución positiva, aunque incompleta. La proporción de trabajadores asalariados con descuento o aporte jubilatorio aumentó 8,1 puntos porcentuales y alcanzó el 50,9% en 2022. Esto significa que aproximadamente la mitad de la población asalariada considerada por el indicador no contaba con ese mecanismo de registración previsional.

Menos jóvenes fuera del estudio y del trabajo

El informe también registra una caída pronunciada de la proporción de jóvenes de entre 14 y 24 años que no estudian ni trabajan.

En los barrios populares, el indicador descendió del 36,6% en 2001 al 13,4% en 2022. La mayor parte de la mejora se produjo entre 2001 y 2010, cuando el porcentaje se redujo casi a la mitad. En la Ciudad en su conjunto, el indicador pasó del 14,8% al 8,5% entre los mismos años extremos.

Aunque la evolución es favorable, la proporción de jóvenes en esa situación continúa por encima del promedio porteño. El documento señala, además, que las mujeres jóvenes siguen enfrentando mayores obstáculos para integrarse a la educación y al mercado laboral.

Salud: seis de cada diez residentes dependen exclusivamente del sistema público

El acceso a la cobertura sanitaria también mejoró entre 2001 y 2022. La proporción de residentes en BaPIs con obra social, prepaga o programas y planes estatales de salud pasó del 21,3% al 38,6%.

En el conjunto de la Ciudad, el indicador llegó al 83,7% en 2022. La diferencia muestra que el acceso a coberturas distintas de la atención pública continúa siendo considerablemente menor en los barrios populares.

De acuerdo con el informe, el 61,4% de sus residentes dependía exclusivamente del sistema público de salud en el último censo.

La cobertura previsional también aumentó: pasó del 32,5% en 2001 al 59,8% en 2022. Pese a haber crecido de manera significativa, se mantuvo por debajo del promedio de la Ciudad.

Menos carencias estructurales, pero el ingreso sigue siendo un problema

Los indicadores vinculados con las condiciones materiales de los hogares muestran cambios relevantes. Según el Índice de Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI), el porcentaje de hogares sin esas carencias pasó del 58% en 2001 al 84,8% en 2022.

Sin embargo, este resultado no significa que la pobreza haya desaparecido. El NBI mide determinadas privaciones estructurales y no equivale a una medición de la pobreza por ingresos.

El Índice de Privación Material de los Hogares (IPMH), que combina diferentes tipos de dificultades, permite observar otra dimensión del problema. En los BaPIs, los hogares sin privaciones aumentaron del 21,8% en 2001 al 48,6% en 2022.

El informe identifica, al mismo tiempo, un cambio en el perfil de las carencias. Al comienzo del período tenían mayor peso las privaciones vinculadas con las condiciones de la vivienda y el patrimonio. En 2022, la falta de recursos corrientes —asociada a la capacidad económica de los hogares— representaba el 22,7%.

La evolución sugiere que las mejoras habitacionales y estructurales no necesariamente se traducen en ingresos suficientes o estables para todas las familias.

Las diferencias entre barrios también son significativas

Los indicadores no evolucionaron de la misma manera en todos los agrupamientos de barrios populares. En 2022, por ejemplo, el Grupo 2 registró una tasa de empleo del 69,2% y una desocupación del 7,3%. En el extremo opuesto, el Grupo 1 presentó una tasa de empleo del 59,4% y una desocupación del 10,6%.

En materia de privación material, el Grupo 2 también mostró la proporción más elevada de hogares sin privaciones, con el 64,2%. En el Grupo 4, el porcentaje fue del 46,2%.

Estas diferencias advierten sobre la necesidad de evitar una mirada uniforme sobre los barrios populares: las condiciones de vida y las oportunidades presentan contrastes entre los distintos territorios.

Una mejora sostenida que no eliminó la desigualdad

La comparación de los censos de 2001, 2010 y 2022 muestra avances en la escolarización, la finalización del secundario, la cobertura de salud, el empleo y las condiciones materiales de los hogares residentes en los barrios populares informales de Buenos Aires.

Pero los resultados también reflejan límites claros. El desempleo sigue por encima del promedio porteño, las mujeres enfrentan mayores dificultades laborales, la finalización de la educación secundaria continúa muy por debajo del conjunto de la Ciudad y una parte importante de los hogares todavía presenta privaciones económicas o materiales.

El informe ofrece una perspectiva de largo plazo basada en datos censales. Sus resultados permiten identificar tendencias y desigualdades, aunque no describen por sí solos la situación actual de cada barrio ni explican qué políticas o factores provocaron cada cambio.

La principal conclusión es que los avances registrados durante dos décadas conviven con brechas persistentes en las condiciones de vida y las oportunidades. El desafío no se limita a ampliar el acceso a la educación o mejorar la infraestructura: también incluye fortalecer la inserción laboral, reducir las desigualdades de género y mejorar las condiciones económicas de los hogares.