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El fusilado del Arsenal

Aquella madrugada de marzo se manifestaba apaciblemente primaveral. No había sonidos, el silencio imperaba en todo el barrio. Miguel salió de la cantina de Chicho, la de Pichincha y San Juan, y encaró para el sur, y no para su casa.
 

Aquella madrugada de marzo se manifestaba apaciblemente primaveral. No había sonidos, el silencio imperaba en todo el barrio. Miguel salió de la cantina de Chicho, la de Pichincha y San Juan, y encaró para el sur, y no para su casa. Tenía ganas de pasar el trago amargo de haber cortado con la Beba y prefería ir hasta el campito de Garay -terreno de múltiple historia, pero de poco resguardo de ella-, y en donde hasta hacía escasos veinticinco años y monedas estaba el Arsenal de Guerra, un viejo fuerte en el que había pasado de todo, y en el que parecía que nunca había habido mucho movimiento, cuya única muerte ominosa que manaba de su interior había sido la del soldado Dolores Frías, fusilado a principios de siglo. Todavía hoy, las viejas se santiguaban al cruzar el descampado. Solo el viejo ombú, leñoso, amplio y majestuoso se veía en medio del terreno que, luego de la demolición del antiguo fuerte, parecía haber recuperado su alma pampeana y se vanagloriaba ancho y con veleidades de eternidad, que dejaba al descubierto 16 hectáreas de terreno interrumpido solo por la barranca de la avenida Brasil.

 Cruzó esa nueva cicatriz que le había quedado al barrio cuando “pasó la autopista”, que lo dividía entre un norte y un sur que hasta aquel momento no había existido, y apenas se introdujo bajo la oscuridad del puente que le había salido a Pichincha, sintió el viento que venía desde el río y que, al no haber casas bajo esa inmensa serpiente gris que cruzaba la ciudad, generaba el sendero perfecto como para que Miguel sintiese el aire, el refresco de la madrugada.

 Cuando atravesó Constitución -cuya esquina era una boca de lobo que parecía tragarse todo lo que hubiese cerca, un agujero negro terrenal que lo impulsaba a seguir adelante, a sumergirse en la oscuridad- sintió el estremecimiento de haber vuelto el tiempo atrás. Ya sea por la autopista o por la “mishiadura”, como decía su viejo para referirse a la miseria, ese nuevo sur de San Cristóbal parecía detenido en el tiempo. A diferencia de las manzanas que iban desde Cochabamba hacia el norte, las que iban hacia el sur, las que caminaba Miguel, con las manos en los bolsillos y acompañado por el murmullo provocado por el rozamiento de las hojas de los árboles al caer, parecían que se habían estancado en otro tiempo. Incluso al ver una fachada que Miguel recordaba de años antes, creyó que esa casa ya había cambiado de aspecto, pero como, a decir verdad, no iba mucho por aquella zona, le restó importancia y siguió caminando hacia esa inmensidad de espacio abierto de la avenida Garay.

El parque

Al llegar frente al parque, vio a lo lejos la inmensa figura de la cárcel de Caseros, con su figura de cruz que parece decirnos que está en pleno proceso de redención. La luna se colaba por detrás de la cárcel, lo que hacía que una sombra crucífera se desplomara sobre el parque y sobre lo que proyectaban que sería el Hospital de niños, haciendo que la punta final de esa cruza trazara un sendero, una senda peatonal hecha de sombra por la que Miguel cruzó la calle. Siguió por Pichincha, bordeando la tajada de terreno que la policía le había sustraído al parque para hacer un pequeño cementerio de coches, y una vez que lo atravesó se zambulló en el terreno del antiguo arsenal. Sentía que su tristeza se iba acomodando a la que imperaba en esa tierra, en ese pasto ralo que sabía que lo que había sucedido, sucedido estaba. Tomó un trago de la botella de vino que se traía desde lo de Chicho y caminó hacia la barranca. A su alrededor el silencio era absoluto, solo en sus oídos se creaba el sonido al ser acariciados por la brisa. A pesar de ello, sentía algunos sonidos a su alrededor y cada tanto veía por la ranura de la mirada algún brillo que desaparecía al instante que volteaba la cabeza. Se asustó un poco, pero eran tan sutiles las luces que aparecían, tan leves que ni siquiera podían llevar el nombre de luz, y por lo tanto, su pensamiento volvió a caer en el recuerdo de la Beba. Cuando comenzó a subir la barranca, las imágenes cobraron más fuerza, aunque seguían siendo más bien como una fosforescencia intermitente durante medio segundo, casi nada en el tiempo y en el espacio.  

La tormenta

Las nubes aparecieron de golpe, y al incremento de los destellos a su alrededor se fue sumando el relumbre de pequeños relampagueos y algún que otro trueno lejano. Pero no le preocupaba tanto un posible aguacero como le preocupaba el sonido que se había sumado a las imágenes que, ahora, perduraban unas milésimas de segundo más. Apuró el paso como para poder girarse con seguridad una vez llegado al final de la pequeña cuesta, pero más lo hizo al tener la sensación de que algo le pisaba los talones.

Cuando llego al medio de la baja meseta que precede al puente sobre la avenida Brasil giró y lo que vio fue impactante: una imagen blanca, casi como desprendida de una radiografía, estaba en medio de lo que ahora era una canchita de fútbol y había sido el patio del viejo arsenal. Era una figura erguida, en posición de firmes que se desplomó al mismo tiempo que estalló un trueno y las primeras gotas mojaron el resto de Miguel. No había agua que pudiera sacarlo del asombro. La fosforescencia con forma de hombre estaba tirada en la tierra, luego se paró y avanzó caminando en su dirección, con una inmensa O en donde había estado su boca, como si le durara la sorpresa de haberse enfrentado a la eternidad. Cuando vio que la figura, de la cual se desprendía un rastro de fosforescencias que pingaban sobre el terreno, recuperó la movilidad y salió disparado hacia el sur, divisó al ombú solitario en la vereda de enfrente y corrió hacia él. El árbol estaba vivo, sus ramas estaban revestidas de hojas y parecía erguirse como un refugio ante el chubasco y la figura fantasmal.

El soldado

Miguel se refugió en el corazón del ombú. Se asomó y desde allí vio la figura asomarse al puente, estirar la mano y quedarse petrificado. Volvió a meterse en el ombú y respiró hondo para ver si se apaciguaba su corazón. Transpiró, cerró los ojos y tomó dos tragos largos de vino. Se santiguó, como las vio hacer a cientos de abuelas del barrio y volvió a asomarse. El fantasma petrificado ya no estaba al borde del puente, pero algunas especies de descarga de electricidad parecían chisporrotear sobre la baranda de metal. El hueco que dejaba el ombú parecía ser un escondite seguro. El miedo le había hecho olvidarse de la Beba y solo esperaba poder correr hasta su casa y olvidarse de todo, olvidar lo que nunca iba a contar, pues, quién le iba a creer que un fantasma lo persiguió un 10 de marzo de 1981, en plena era de La guerra de las galaxias.

Afuera del ombú seguía lloviendo, cada vez con más fuerzas, pero era preferible llegar empapado a su casa que quedarse dentro de ese hueco que ahora ya no le parecía tan seguro. Decidió salir y emprender una carrera hasta su casa. Ni bien se asomó, el espectro de Frías, con ojos blancos, como de pescado hervido y con una O gigante en donde debía estar la boca, estaba a un metro de su rostro.