La asamblea del Consejo Consultivo de la Comuna 3 aprobó un comunicado contundente en defensa de la actividad murguera en la plaza Martín Fierro, en el barrio de San Cristóbal, en medio de un conflicto que expuso tensiones profundas en torno al uso del espacio público, la convivencia urbana, la participación comunitaria y los límites del reclamo vecinal.
El documento, debatido y consensuado por organizaciones barriales, vecinos y promotores comunales, busca poner en valor el rol social, cultural y comunitario de las murgas, al tiempo que cuestiona las prácticas de hostigamiento, intimidación y violencia ejercidas por un sector que se opone a los ensayos en la plaza.
La murga como expresión cultural viva del barrio
Desde el Consejo Consultivo remarcaron que las murgas representan una expresión cultural auténtica, actual y profundamente barrial, que no responde a fines comerciales ni turísticos. Se trata, señalaron, de una actividad que involucra a familias enteras, niñas, niños, adolescentes y adultos, generando lazos de pertenencia, identidad colectiva y construcción comunitaria.
“La murga del barrio es un espacio de encuentro, de integración social y de transmisión cultural. No es un espectáculo para el consumo: es una práctica viva que fortalece el tejido social”, sostuvieron.
En ese marco, destacaron el rol histórico de la murga Resaca Murguera de San Cristóbal, con casi tres décadas de presencia territorial, y su trabajo sostenido en la formación cultural, la inclusión social y la recuperación del espacio público como ámbito de convivencia.
Actividad autorizada y con horarios establecidos
Uno de los puntos centrales del comunicado apunta a desmontar la idea de ilegalidad o desorden que algunos sectores intentaron instalar.
La murga cuenta con autorización expresa del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires (GCBA) y desarrolla sus ensayos dentro de un esquema regulado:
- De marzo a noviembre: una vez por semana, durante dos horas.
- De diciembre a marzo: dos veces por semana (miércoles y sábados), también por dos horas.
“Estamos hablando de una actividad limitada en el tiempo, organizada, con reglas claras y con aval institucional”, remarcaron desde el Consultivo.
Además, subrayaron que la principal fuente de contaminación sonora en la zona no es la murga, sino la autopista, cuyo tránsito permanente genera niveles de ruido muy superiores a cualquier actividad cultural barrial.
Ruido, convivencia y vida urbana
El texto plantea un debate de fondo: cómo convivir en una ciudad densa, diversa y dinámica, donde múltiples actividades se desarrollan simultáneamente.
“Vivir en sociedad implica aceptar reglas comunes y aprender a convivir con prácticas que pueden generar molestias, siempre que estén dentro de marcos legales y democráticos”, señalaron.
Desde esa perspectiva, reconocen que toda actividad cultural produce cierto nivel de impacto sonoro, pero advierten que la respuesta nunca puede ser la agresión, el amedrentamiento ni la violencia.
“No puede suceder que alguien pretenda resolver un conflicto recurriendo a prácticas intimidatorias. Eso no es convivencia: es imposición”, afirma el comunicado.
Denuncias por prácticas violentas y hostigamiento
Uno de los tramos más duros del documento está dirigido a la organización Buenos Vecinos, a la que se acusa de mantener prácticas sistemáticas de provocación, hostigamiento y amedrentamiento.
Según el Consejo Consultivo, este grupo opera con dinámicas parapoliciales, movilizándose en grupo, generando tensión y buscando provocar reacciones para luego denunciarlas.
Además, denunciaron el hackeo del formulario de adhesiones que respaldaba a la murga y que había superado las 3.000 firmas, así como las campañas de estigmatización en redes sociales, donde se llegó a calificar a los murgueros como “barras bravas”.
“Se busca instalar un relato criminalizante sobre una expresión cultural popular”, advirtieron.
Un barrio sin corso: una pérdida colectiva
Otro de los efectos más dolorosos del conflicto fue la suspensión del corso barrial, una de las celebraciones culturales más importantes para la identidad de San Cristóbal y Balvanera.
“El barrio se quedó sin corso por esta situación. Y eso es gravísimo”, señalaron, al remarcar que el carnaval es una de las pocas fiestas populares que permite apropiarse del espacio público de forma positiva, comunitaria y festiva.
En este sentido, propusieron multiplicar las actividades culturales en las calles, promover actos artísticos en cada esquina y fomentar la humanización de los vínculos urbanos, frente al avance del individualismo y el encierro social.
Cultura, derechos y democracia barrial
El comunicado del Consejo Consultivo de la Comuna 3 no solo defiende a una murga: defiende una concepción de ciudad, donde el espacio público es ámbito de encuentro, expresión y construcción colectiva.
La discusión trasciende el ruido y se inscribe en un debate mayor: qué modelo de convivencia urbana se quiere construir.
¿Una ciudad donde prevalezca la lógica del reclamo individual y la exclusión? ¿O una ciudad donde la cultura popular, la participación comunitaria y el derecho al disfrute colectivo tengan un lugar central?
Para el Consejo Consultivo, la respuesta es clara: más cultura, más comunidad y menos violencia.













