Denuncias, restricciones y cierre anticipado del espacio público marcaron un verano atravesado por tensiones. A pesar del contexto, la murga destaca el apoyo vecinal y apuesta a sostener la actividad cultural en el barrio.
El último carnaval dejó un saldo complejo y cargado de tensiones para la murga Resaca Murguera, que ensaya en la Plaza Martín Fierro, en el barrio de San Cristóbal. Así lo expresó Julieta Catán, integrante de la agrupación, quien detalló las dificultades que atravesaron durante los meses de verano, en un contexto marcado por denuncias, restricciones y conflictos que impactaron de lleno en la actividad cultural.
“Fue un balance bastante complejo”, resumió Catán, al tiempo que explicó que por primera vez se enfrentaron a situaciones que no habían previsto: desde problemas para realizar el corso hasta limitaciones para ensayar en el espacio público.
Restricciones y cambios en la dinámica de ensayo
Uno de los puntos más conflictivos fue el cierre anticipado de la plaza, una medida que modificó por completo la rutina de la murga. Según relató Catán, durante enero y febrero los ensayos debían finalizar a las 21, momento en que personal policial se acercaba para desalojar el lugar.
“Ensayábamos de 19 a 21, y a las 21:05 ya nos estaban pidiendo que nos vayamos”, explicó. Esta situación no solo afectó los ensayos, sino también la logística habitual de la agrupación, que utilizaba el espacio para organizarse antes y después de cada presentación.
Además, desde la murga cuestionaron que se los responsabilice por el uso nocturno del espacio público. “La plaza no estaba abierta por nosotros. Es algo que pasa todo el año, no solo cuando ensayamos”, remarcó.
Denuncias, conflicto mediático y presión externa
El conflicto se intensificó a partir de una denuncia vecinal que derivó en una fuerte exposición mediática. Según Catán, la situación escaló rápidamente y derivó en una serie de publicaciones y coberturas que, desde la mirada de la murga, construyeron una imagen negativa de la actividad.
En paralelo, se registraron episodios de violencia y campañas en redes sociales con material extraído de las propias cuentas de la agrupación. “En pocos días aparecieron varios perfiles con fotos nuestras para desprestigiarnos”, señaló.
A raíz de este escenario, la murga optó por una postura cautelosa. “Decidimos no confrontar directamente, para no agravar la situación ni perder el apoyo del barrio”, explicó.
Un carnaval sin corso y con impacto económico
Uno de los efectos más concretos del conflicto fue la suspensión del corso propio, una de las principales fuentes de financiamiento de la murga. Esta decisión implicó que los costos de traslado, habitualmente cubiertos con lo recaudado en los eventos, tuvieran que ser afrontados por los propios integrantes.
“Somos 150 personas. Tuvimos que poner plata de nuestro bolsillo para poder salir”, detalló Catán. La situación se agravó aún más ante amenazas que condicionaron la realización de actividades.
El respaldo vecinal como sostén
En medio del conflicto, la murga encontró un fuerte respaldo en el barrio. Más de 3.000 firmas fueron reunidas en apoyo a la continuidad de los ensayos en la plaza, y distintas organizaciones e instituciones locales se acercaron para acompañar el reclamo.
“Fue reconfortante ver que hay mucha gente que valora lo que hacemos”, destacó Catán. También mencionó el acompañamiento del Consejo Consultivo y de organismos vinculados a la defensa de la cultura.
La suspensión del corso, además, generó malestar entre vecinos y vecinas que consideraban el evento como un espacio de encuentro comunitario. “No era solo nuestro, era del barrio”, subrayó.
Un conflicto que excede a una murga
Lejos de tratarse de un caso aislado, desde Resaca Murguera advierten que la situación se replica en otros barrios de la Ciudad. “Cuando empezamos a hablar con otras murgas, vimos que esto estaba pasando en muchos lugares”, explicó Catán.
En ese sentido, vinculó el fenómeno con un contexto más amplio en el que, según su mirada, las expresiones culturales comunitarias enfrentan crecientes dificultades.
Cultura, barrio y organización colectiva
Como respuesta, la murga comenzó a profundizar su participación en espacios comunitarios y actividades barriales. “Nos dimos cuenta de que tenemos que involucrarnos más, no solo en lo nuestro”, sostuvo Catán.
Entre las iniciativas, mencionó la intención de participar en actividades vinculadas a la memoria y los derechos humanos, así como en distintas propuestas culturales del barrio.
“Si hay algo positivo en todo esto, es que nos obligó a acercarnos más entre nosotros y con el barrio”, concluyó.














