La polémica por los ensayos de una murga en Plaza Martín Fierro, en el barrio de San Cristóbal, dejó de ser un simple reclamo por ruidos molestos y se transformó en un conflicto abierto entre agrupaciones vecinales, con acusaciones cruzadas sobre representatividad, legitimidad y uso político del espacio público.
El eje del debate volvió a encenderse tras la aparición en un programa de televisión de personas pertenecientes a la agrupación autodenominada «Buenos Vecinos» que cuestionaron la actividad de la murga. Sin embargo, desde la Red de Vecinos Manzana 66 salieron a desmentir esa representación, denunciando que se trata de un grupo reducido que no vive en el área afectada y que impulsa el tema de manera reiterada en determinados medios.
“Buenos Vecinos” o “Buenos Servicios”
En un posteo difundido en redes sociales, la Red de Vecinos Manzana 66 fue contundente y utilizó un tono irónico para referirse al grupo denunciante, al que rebautizó como “Buenos Servicios”. El texto comienza con un llamado de atención:
“ATENTOS VECINOS: UN NUEVO SHOW DE LOS BUENOS SERVICIOS”
Según detalla la publicación, quienes aparecieron en el programa GPS por América TV no serían vecinos directos de la plaza. En particular, se menciona a Gabriela Napole, quien “dice ser vecina”, pero —según la Red— vive en el centro comercial de Once, lejos del espacio donde se desarrolla la actividad denunciada.
“Todo es mentira”, sostiene el comunicado, y agrega que quienes participan de las reuniones de seguridad barrial conocen el trasfondo del reclamo, que —afirman— “es un tema que quieren imponer”.
Un reclamo que se repite y siempre con las mismas voces
Desde la Red de Vecinos Manzana 66 advierten que no se trata de una preocupación espontánea ni mayoritaria, sino de un planteo reiterado por las mismas personas, que aparece cíclicamente en los medios y que, según el posteo, incluye ataques sistemáticos a la Junta Comunal.
“Son siempre las mismas personas”, remarcan, y apuntan además contra determinados periodistas y programas que amplifican el reclamo. En ese sentido, el comunicado menciona a Graña, Méndez y Gasulla, a quienes acusa de instalar temas que le molestan al macrismo, incorporando así una lectura política y mediática del conflicto.
Defender la murga no es negar los ruidos
A diferencia de lo que se plantea desde el grupo denunciante, la Red de Vecinos Manzana 66 —y otros vecinos que participaron del debate en redes— aclaran que defender a la murga no significa avalar ruidos molestos ni desorden.
Por el contrario, sostienen que:
- El espacio público debe cuidarse y regularse
- Todas las actividades necesitan reglas claras, incluyendo horarios y límites de volumen
- La solución no es atacar expresiones culturales, sino exigir presencia del Estado, mediación y control
En los comentarios al posteo se repite una idea central: el problema no es la murga, sino la utilización selectiva del reclamo vecinal para instalar agendas ajenas al barrio.
Representatividad en discusión
La intervención de la Red de Vecinos Manzana 66 reabre una discusión de fondo en San Cristóbal y Balvanera: quiénes pueden hablar en nombre de “los vecinos”. Con una trayectoria reconocida en la defensa del espacio verde y la participación comunitaria, la Red cuestiona que agrupaciones sin arraigo territorial se apropien del término “vecinos” para legitimar denuncias públicas.
Desde esta mirada, el conflicto por la murga expone una problemática más profunda: la construcción artificial de consensos vecinales, amplificados por ciertos medios, sin respaldo real en la vida cotidiana del barrio.
Cultura, convivencia y Estado ausente
Mientras el cruce de acusaciones crece, hay un punto en el que casi todos coinciden: la ausencia del Estado para ordenar el uso del espacio público. Sin reglas claras, sin controles visibles y sin instancias de diálogo, cada actividad termina convirtiéndose en un foco de conflicto.
La murga en Plaza Martín Fierro funciona así como un disparador de una discusión más amplia, donde se cruzan cultura popular, descanso, medios de comunicación, política y participación vecinal.
Lejos de una pelea entre “vecinos y murga”, el escenario muestra un barrio atravesado por disputas de representación, donde distintas voces reclaman algo en común: que el espacio público no sea usado como excusa para operaciones mediáticas ni para silenciar expresiones culturales, sino como un lugar de convivencia real y democrática.














