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Noche Trágica

En un nuevo aniversario de la Semana Trágica, el presente nos interpela y se constituye en un punto de partida para el ejercicio de la memoria colectiva a través de este cuento de Adrián Dubinsky.

Lo primero que pensó era que estaba grande para ese tipo de trabajo. Que no era para él. Cómo podría andar todo el día de aquí para allá a la edad que tenía -aunque en definitiva era lo que hacía: andar al pairo-. Ese era un laburo para pibes -se decía-, para aquellos que aún no habían pasado la década del 90 asumidos como propiedad de un sistema que pagaba a la baja pero exigía con vara alta. Él ya sabía que lo iban a explotar, que se metía en un sistema injusto y radicalmente meritócrata. Pero… la necesidad tiene cara de hereje, decía su abuela, que no habitaba en su recuerdo más que a partir de un sinfín de frases hechas, de refranes que, no por trillados y exasperantes, dejaban de guardar en su interior el motivo principal por el cual existían: sintetizar patrones habituales en la vida de los humanos para que los mismos estuviesen prevenidos ante las calamidades estadísticamente registrables, pero que, lejos de hacerse palabra en el mundo de la academia positivista, con lo cual estarían revestidos de cierta autoridad, se consolidaban en el saber popular más ramplón, siempre desdeñado y sobrado por aquellas víctimas del materialismo histórico en su fase más dogmática.

Las imposibilidades laborales que se abrían ante su aquiescencia eran tan imposibles unas como otras, con lo cual, andar en bici se le apareció con la misma diafanidad propositiva con la que se le había presentado hacía veinticinco años el laburo de cartero; trabajo, cabe destacar, que en aquel momento guardaba reminiscencias bukowskianas que parecían dignificar aquel menester tan dado a ser perseguido por los canes; la vindicación realizada por el viejo borracho, le había venido como anillo al dedo (otro refrán) para tomar un laburo abyecto, mal pago e ideal para beber. Ahora no le pasaba lo mismo. Nada le llevaba a dignificar ningún tipo de trabajo, y mucho menos el de andar de acá para allá llevando pedidos sin ningún tipo de certidumbre acerca de qué transportaba realmente, si iba a cobrar o no -en función del tiempo que emplease en entregar el pedido- y teniendo que agarrar cualquier viaje so pena de congelamiento laboral si se negase a tomar uno. La amenaza era velada -aunque también explícita- y sobrevolaba la cabeza de los cientos de pibes y pibas que pedaleaban a toda hora por la ciudad.

Sin embargo, la posibilidad de venir haciendo lo que hacía hace rato sin ton ni son (3 – refrán) -es decir, andar en bici-, pero con un pago por ello, se le apareció como un consuelo sostenible sin derramar odio y frustración ante el primer semáforo botón. Comenzó a pensar en los laburos que había tenido y si bien había algunos bien disímiles entre sí (cartero o trozador de pollo) y otros un tanto extravagantes (Mickey en trencito de la alegría o taxiboy de ocasión sin reconocimiento oficial), gran parte de su vida se lo había pasado vendiendo algo; cuando no eran objetos, cosas, valores de uso, elementos intercambiables por dinero, eran servicios, aportes, miradas; o sino, directamente ideas, humo, su propio yo que ni siquiera él entendía. Un flujo que había sabido andar en alpargatas y ahora gastaba unas topper que no solo carecían de cámara de aire, sino que el aire se colaba por los rasgones en la tela; ya no por las costuras, sino directamente a través de la tela.

Se contrariaba al formular el propio disenso interno, ya que él se refería al asunto como un trabajo que se agarraba o no; en cambio, lo que tenía que decidir hacer era bajar una aplicación; solo eso, bajar una aplicación. Miraba el teléfono y no se decidía. Seguro que podría hacerlo en un rato.

El calor apretaba, la humedad de Bs. As. aquella noche le había ganado la batalla a la brisa que viene del Río de la Plata durante las oscuridades estivales; seguramente las paredes erigidas por inversores inmobiliarios, ese bloque fetichizado por sus habitantes ricos y que, en definitiva, no son más que cachos de concreto que inhiben el desarrollo natural del bioma rioplatense, habían hecho su trabajo. Pensó en meditar escaleras arriba. Su casa estaba en una construcción antigua, tipo chorizo -de esas que llaman PH- que había sido remodelada, y en la que una escalera interna, dentro de un patio, daba a la plata alta. En el rellano de esos escalones, los días 7 de enero, a la noche, suele correr un vientito refrescante, aunque esa noche en particular no dejaba de ser cálido; solo que era menos cálido que la densidad estática que reinaba alrededor; solo en ese Aleph de la escalera, vaya a saber porque ley de la aerodinámica y el tiempo, venía a aparecer un soplo menos cálido que el resto de la burbuja que envolvía a la ciudad esa noche.

Mientras subía los escalones, a oscuras, iluminado por su memoria y cierta mirada nictálope que había desarrollado con su pervivir nocturno, iba pensando que el solo hecho de bajarse la aplicación no implicaba -valga la resonancia- que necesariamente tuviese que agarrar los ofrecimientos que brindaba el intermediario. ¿O sí? O al bajarse una aplicación, en la letra chica aparecían iniquidades tales como que debería estar disponible a la hora que sea para llevar en bicicleta el paquete que sea, conteniendo lo que sea, por el dinero que se les cantasen pagarle, so pena de apoderarse de su alma por el resto de la existencia; es decir, mientras le duraba la única vida que tenía y que veía como se le iba piantando a zancadas digitales.

Miraba el teléfono, saboreaba una imaginaria cerveza -se había olvidado de comprarla antes-, experimentaba en sus poros sudorosos la humedad que lo compelía a salir. Si iba a agarrar ese trabajo, ya no tendría tiempo de bicicletear lúdicamente; eran tiempos de bicicletas financieras, transporte tracción a sangre y pocos espacios de lazer, de ocio. En algún lado leyó que los guaraníes solo necesitaban dedicarle cuatro horas al día para tener una supervivencia digna. Debería haber nacido persiguiendo eternamente la Tierra sin mal. Pero, pensó: ¿no era lo que definitivamente buscamos a diario, solo que encerrados en un circuito cerrado que nos hace girar en vano, en derredor de una Kaaba, ciudad de corazón de piedra negra, de vocación centrípeta? Los guaraníes, decían -pensaba mientras se calzaba los auriculares y a todo tango se ponía de pie para sentir el aire en el rostro-, iban en la búsqueda de esa tierra sin mal con el valor de la palabra como guía, siendo los payés quienes guiaban los pasos, y solo en ocasiones de guerra, o cuando se establecían por un exceso demográfico, algunos de ellos asumían un rol de liderazgo diferenciado, que se vaciaba de poder ni bien emprendían camino, generalmente cuando la población descendía por guerras, enfermedades, sequías o vaya a saber por qué. En esa conducta, Clastres creía encontrar el nacimiento del Estado. En definitiva, tanto pensar en lo guaraníes le trajo una asociación libre totalmente esclavizada, neocolonizada, y se prendió el porro que había llevado consigo; como si de alguna manera hubiese previsto que iba a pensar en los guaraníes.

Lo cierto es que si se iba a bajar la aplicación -es decir, que se iba a esclavizar voluntariamente- dejaría de disfrutar de estas noches de verano que invitaban a vivir, entonces pensaba que mejor, por las dudas de que hocicase y se bajara la dichosa app, se iba a tomar una cervecita a la plaza Martín Fierro. Hay un kiosco que vende escabio toda la noche en Rioja casi San Juan. Esta última oración no la pensó, se le apareció en la cabeza directamente ligada al degustar de la birra de marras, sentado en la plaza, escuchado unos tanguitos y disfrutando de esa humedad que -al contrario que a la mayoría de las personas- le encantaba. Estaba parado, solo con la leve luz de la luna colándose a fuerza de seleninos fractálicos por la densa humedad de San Cristóbal, dándole de lleno en el rostro que miraba en lontananza, con un ensimismamiento rayano en la catatonia, que solo se vio destrabado con el sonido de una explosión. Volvió en sí estando en sí. Era extraño, porque todo el tiempo estuvo en sí, pero como un sí extático, una conciencia excrecida, periférica y especular. Pensó al instante que todavía quedaban algunos boludos con cohetes. Nunca había comprendido a los que gastaban el dinero en explosiones inicuas, introyectando frustraciones varias en detonaciones tan cobardes como sus anhelos.

Bajó la escalera despacio, también a oscuras, y en la misma tiniebla entró desde el pasillo al patio de su casa, tomó la bici y salió con la sed a punto de caérsele de la boca. El contacto con el caño, el sonido leve de las rodadas en una sincronicidad perfecta, una sucesión interminable de silencios interrumpida por el paso al vacío de un rulemán a una velocidad que lo hacía parecer un único y largo sonido, amplificado por el estrecho pasillo (¿Por qué vendrá a la mente “estrecho pasillo” y no “pasillo estrecho”, gramaticalmente correcto, pero fuera de todo uso y costumbre?), hacían que él mismo se desplazase por las baldosas sin retumbo en el caminar. Otra explosión, más fuerte que la anterior, le hizo encoger los hombros y lanzar una puteada inacabada, dejada en la punta de la lengua al tiempo que la adrenalina desaparecía del cuerpo con la misma refulgencia con la que había aparecido, con la misma naturalidad con que se había hecho lenguaje, alquimia soez del espanto; para ser más exacto: del miedo.

La noche había levantado temperatura y el olor a pólvora llegaba por el patio, pero también desde la puerta, cada vez más cercana. Esta vez había sido un cohete poderoso. Medio riendo pensó que a los anarquistas de enfrente, los de Pavón, los que luego serían acusados de querer ponerle un caño a Bonadío, quizás les había explotado una bomba casera. ¿Habría sido eso? Se detuvo en seco y pensó que por fin no estaba pensando en bajar o no una aplicación. Reaccionó dirigiéndose a la puerta y cuando la abrió se le desencajó la mandíbula.

Un humo polvoroso se había apropiado de la calle Pavón y el silencio era absoluto. La oscuridad era todopoderosa y la poca luz que había era amarillenta, cintileante, tan tenue que no se alcanzaba a ver ni la esquina de Pichincha ni la de Matheu. No podía andar. Ahora sí la adrenalina lo invadió de una manera permanente. El corazón le latía al punto de sentirlo en cada milímetro del tejido arterial y venoso, el cuerpo todo le batía como un bafle saturado de graves; sentía que se hinchaba y deshinchaba con cada sístole y diástole. La puerta tras su espalda hacía de compuerta ante el espanto. No podía ser. Volvió sobre sus pasos, apretó la lucecita roja que hacía de interruptor automático de luz. Desde chiquito siempre le parecieron puchos fumados por fantasmas. Solo que esta vez no se prendió la luz al pulsarlo, sino que se apagó el pucho. Como una reacción en cadena se fueron apagando todos los puchos del pasillo con diferencias tan ínfimas que ni el ciclista (llamémosle así) se dio cuenta. No había luz. Entró al patio y en la oscuridad fue al baño. Se mojó la cara -había agua, por suerte, pensó-, se secó e intentó verse en el espejo, pero la oscuridad era total y el reflejo le fue esquivo.

Volvió al patio, la música de la tarjeta de memoria de su teléfono funcionaba, pero no tenía señal de internet. En ese momento sonaba la voz de Gardel cantando Al pie de la Santa Cruz. La anomalía hecha realidad, la pesadilla contradecía todas sus fantasías anteriores sobre cómo se comportaría en medio de un apocalipsis, su actitud no tenía nada que ver con el carácter resolutivo que había encarnado en sus ensueños de soledad. Pensó en ir a tocarle timbre a la vecina de arriba, la sorda, o al padre de Mirtha, al que habían desmanicomializado a puro halopidol, pero desistió. Tomó un poco de agua de la heladera totalmente apagada. Respiró y pensó, ahora de nuevo, qué cómo iba a bajarse la aplicación si se quedaba sin batería. Se rio solo; mala señal. La aplicación… ¡Qué fútil! Aunque no tuviese señal, el aparato en sí mismo era música, luz, hora… Automáticamente miró la carga. Estaba casi lleno. Esa era una ventaja. ¿ventaja de qué? ¿para qué? No sabía bien qué estaba pasando, pero le alcanzó con abrir la puerta, experimentar la intensidad de la luz, ver los adoquines traídos desde Tandil. No saber cómo sabía eso, era más terrorífico aún que darse cuenta de que había desaparecido el edificio de al lado de su casa y en su lugar estaba la escuela República del Tucumán; eso ya bastaba para transformarlo en una contractura tiesa; aunque para decir la verdad, el ciclista sentía que luego del shock del principio estaba más calmado, y pasó de la estupefacción a roerse las uñas con una fruición desmedida. Lentamente se iba tranquilizando, tomando agua y pensando en que no se podía quedar ahí quieto. Que pasase lo que pasase era preferible salir antes que quedarse allí, con esa duda sartreana que, desde una lógica ramplona, no hacía más que confrontarlo con la angustia de no saber.

Lo cierto -al parecer, en ciertas cosas el idealista alemán que no salió de su casa tenía razón-, es que hay cosas que no se pueden conocer, y en eso pensaba el ciclista que, como su condición cuasi patronímica ordenaba, se subió sin chistar a la bici, en un acto reflejo en medio de la adrenalina que le bombeaba el porro a la sabiola, y arrancó por Pavón en contramano, aunque hablar de contramano no sería del todo exacto, como veremos en breve. Dobló por Matheu hacia Constitución, pero nada era como él lo conocía, solo las directrices hechas calles se mantenían en el recorrido, aunque ni la superficie sobre la que pedaleaba, ni las fachadas, si bien habían ido cambiando paulatinamente a lo largo de sus casi cincuenta años en San Cristóbal, eran las que recordaba en sus pedaleadas cotidianas. Las posibilidades de salida desde su casa, ya que no contaba con un helicóptero, eran hacia la derecha o hacia la izquierda. Al llegar a Matheu, cuando iba para la Martín Fierro, bajaba por esa arteria descongestionada hasta Cochabamba, la cual tomaba para ir hasta la plaza. Lo mismo hizo; pero esta vez, hacer lo mismo resultó un viaje totalmente diferente. Por momento se sentía en un viaje a una cacodelphia marechaliana, pero por otros sentía que un infierno dantesco se aparecía ante él. Pero pedaleada más o pedaleada menos, al llegar a atravesar la calle Constitución y no ver la omnipresente autopista, tuvo la certeza de estar en un mundo apocalíptico.

Pensó de esa manera, ya que era más factible creer que había habido algún cataclismo radioactivo-geológico-nuclear que pensar que había habido una fractura temporal; pero lo cierto es que ningún cataclismo, por radioactivo que fuere, podría cambiar el asfalto por adoquines, y menos en un par de horas… ¿o sí? O, en realidad, tal vez el cataclismo había sido causado por un elemento radioactivo-geológico-nuclear, y vaya a saber qué otro componente, pero su manifestación terráquea había sido la fractura temporal… Lo cierto es que la realidad era esa. Estaba en un Bs. As. de antaño, sin comprender por qué. La única verdad, es la realidad, resonaba en su cabeza. Siempre había conocido sus limitaciones técnicas, con lo cual el solo hecho de estar en un mundo ajeno a la confortabilidad del siglo XXI le hacía pensar que le deparaba un futuro de muerte por inanición; no obstante, pensaba que la organización vencía al tiempo. ¿Sería aplicable en este caso?

En la otra cuadra se veía una fogata. A pesar de la conmoción, en aquel momento tuvo un aprendizaje de alto impacto, de esos que se interiorizan al instante; no sin cierto dolor, pero con la certeza de haber conocido una verdad. El origen de la supervivencia es el deseo, el hambre, la sed, la necesidad impensada pero vigente, la ocupación del todo mental por la premura de una reparación de orden físico. Seguía con ganas de tomar una birra, y el pedaleo se alimentaba tanto de esa sequedad de garguero como de la estupefacción y cierto placer por una situación novedosa, lejana de un mundo de aplicaciones. Se detuvo un segundo a ver la entrada de la terminal de ómnibus que ocupaba el espacio que hasta hace unos minutos ocupaba la canchita bajo la autopista -el patio 5- y el estacionamiento del otro lado. Hacía 40 años que esa tira de edificaciones había sido demolida, dejando una cicatriz de cemento cruzando el alma del barrio. Muchas de esas casas que veía le parecían conocidas, pero muchas faltaban de la fotografía que su memoria guardaba del entorno, con lo cual era imprescindible saber en qué día estaba.

Avanzó luego de ver esas casas que habían sido arrasadas, guiado por la fogata que había en la esquina de Cochabamba y Alberti. La calle, a medida que iba llegando a la esquina, había sido vaciada de adoquines dejando la tierra expuesta. Un grupo de hombres y mujeres estaba parapetado tras un carro volcado a modo de barricada. Le apuntaron con un revolver y le dijeron que se detuviera. Instintivamente levantó las manos. Por un momento la cabeza iba hilando partículas de conocimientos enciclopédicos atesorados sin ningún valor intrínseco, y que ahora, de manera inconsciente, se iban sinapseando al punto de ir conformando una colcha de retazos que lo aproximaban a la realidad circundante. La ropa de las personas, el espacio en derredor, le hacía pensar que estaba a principio del siglo XX: su memoria le aportó conocimientos inútiles hasta ese momento. Casi que tuvo certezas de cuándo se encontraba.

Se bajó de la bici, la cual era mirada con reluctancia por la turba que, a las claras, estaba en una actitud beligerante, de impronta soliviantada. Sin que nadie se lo pidiese se fue acercando paso a paso, lentamente y siempre con las manos levantadas.

El hombre que le habló tenía un marcado acento italiano. Si bien él tenía muchas preguntas, más parecían tener aquellos hombres y mujeres. Lo palparon de armas y, al tocar la tela del jean cortado se quedaron sorprendidos por la prenda, y también por la camisa a cuadros, pero hasta ahí era una sorpresa mesurada, como de quien la espera; la verdadera sorpresa se produjo cuando le encontraron el celular, la plata y los documentos. Ni bien el tano que hablaba en cocoliche le sacó el celular del bolsillo del lompa, otro hombre grito que era una bomba. Ya el tano lo estaba por arrojar, cuando un reflejo de los tiempos de los cuales provenía mantuvo la importancia del aparato incluso ante una coyuntura tan particular como haber viajado al pasado. ¡Nooooooo! Gritó. ¡No es una bomba! ¡Es un celu!. Nunca supo si fue la palabra incomprensible para los hombres y mujeres que lo rodeaban o su vehemencia lo que frenó el brazo arrojadizo del tano. Lo miraron y él comenzó a explicarse. De entrada no le entendían nada de lo que decía. Pero poco a poco se serenó y comenzó a mostrarles lo que era un celular como para que ellos tuvieran la certeza de que algo fuera de lo común estaba ocurriendo. De todas formas, lo único que pudo mostrar fue algún jueguito, la linterna, los sonidos, la música, el teclado táctil, todo ello deslumbrante, pero nada en comparación con el uso primigenio para el que fue concebido un celular: llamó por teléfono y nada. Mudez absoluta; ni siquiera la voz que indica el fuera de cobertura.

Sin embargo, la estupefacción y las preguntas en varios idiomas no dejaban de aflorar. Le sirvieron un mate cocido y le mostraron la causa del piquete que habían montado: a unas cuadras hacia el oeste, sin ningún otro edificio que tapase la visual se erigían los talleres Vasena. La brisa que venía del río no permitía que se sintiera el olor a quemado que despedían las fogatas hechas en las esquinas de la fábrica, pero sí se veía, en una ciudad a oscuras, los destellos naranjas a lo lejos, ocasionados por los fuegos obreros. Entre la metalúrgica de los Vasena y el grupo, solo se erigía la aguja de la iglesia de San Cristóbal y los anhelos de esos laburantes que reclamaban por sus condiciones de laburo.

Entre los que le rodeaban le contaron lo ocurrido, lo cual coincidía con todo lo aprendido sobre la huelga de 1919. No lo podía creer. ¡Estaba en medio de la Semana trágica! ¡Había viajado en el tiempo cien años! Miró emocionado a los que, en un santiamén, por esos designios de la conciencia de clase a través del tiempo y el espacio, consideró sus compañeros y compañeras. Era increíble, pero a las mujeres y las crías que pululaban con la hondera colgada al cuello, también les consideraba sus compañeres. Se rio para adentro, atragantándose con su digresión. Qué pensaría los varones presentes de su discurso morfológico de inclusión genérica. Por supuesto, la mayoría lo tomó por un orate estrafalario; algunos creían que era un infiltrado inglés al servicio de los dueños accionarios de Vasena e Hijos, pero la vestimenta, la bici con cambios y cromada, más el ancho de espadas del celular con linterna y fonógrafo incorporado los descolocaba. Habló como un profeta sobre las condiciones de laburo en el futuro, les dijo que, si bien esta lucha la ganarían, a pesar de la cantidad de sangre que iba a correr, en el futuro le esperaban épocas de gloria y también de lucha. Sin ir más lejos, les decía, a mi edad es probable que tenga que empezar a glovear en la bici.

Como notó al instante que no entendían exactamente de que hablaba, les fue contado la historia del movimiento obrero, lo que venía por delante, la década infame, la consolidación del movimiento que, paradójicamente, iba a ser promovida por un joven teniente que en ese instante estaba cumpliendo funciones en el arsenal Esteban de Luca y estaba siendo enviado para contener el alzamiento y resguardar la fábrica. Luego de los enormes avances de la década del 40 y principios del cincuenta, les vaticinó la persecución que vivirían sus hijos, el hostigamiento que sentirían sus nietos, la desaparición de 30000 luchadores en los 70, la desarticulación de los 90, hasta llegar a una primavera cortada de cuajo por un niño bien, pretencioso y engrupido que, como les contaba, lo condenaba a instalarse una aplicación. Ante una nueva expresión de incomprensión, les mostró el celular y se bajó la aplicación delante de ellos. ¿cómo se había podido bajar la aplicación si no tenía internet? Intentó ver si tenía señal, pero nada; el vacío de los bits se zarandeaba por el San Cristóbal de 1919.

Una mujer con tono aporteñado le contó, muy orgullosa, que ellas, las mujeres que estaban en la huelga, tenían experiencia en la lucha. Algunas eran explotadas y humilladas, vejadas y acosadas en los talleres del tano que, según ellas mismas decían, había hecho la guita para poner la fábrica de manera non sancta; otras, habían protagonizado la huelga de las escobas en 1907. Esas eran las más experimentadas. Otra doña, rubia, con acento de Europa del este, le dijo que vivían a una cuadra y media, en el conventillo. Tembló de emoción. En esa cuadra había nacido dentro de 30 años su papá. Tenía recuerdos vagos del conventillo de Cochabamba, los patios amplios y anchos como un estadio a los ojos de un niño de tres o cuatro años, las puertas de las noventa y seis habitaciones como una analogía de un dominó de dos plantas, el murmullo constante. Se tentó de ir, pero sin saber lo que podía ocurrir, pensó que mejor era ir a conocer la fábrica, o lo que era mejor, colaborar de alguna manera con aquella lucha.

Cuando manifestó su intención de colaborar con algo, un gallego pillo miró la bicicleta y le dijo que tenían que ir a la casa socialista de la calle Loria, detrás de los talleres, y volver desde allí trayendo unas armas. No lo dudo. Le dijeron que le convenía hacer un rodeo por la Garay y así lo hizo. No lo podía creer, estaba participando de la Semana Trágica.

Al llegar a Garay y Loria, dobló a toda velocidad para llegar pronto a la casa de Loria y Cochabamba Al llegar a Constitución lo cruzó un carro de civiles armados. Todos rubios y peinados a la gomina; de traje. No tuvo dudas: eran los chetos de la Liga Patriótica. Giró con la bici y pensó dar una vuelta por Pavón y agarrar 24 de noviembre. Detrás suyo sonaron tres disparos. Las piernas funcionaban a toda máquina. Se subió a la vereda para ir más rápido que por los adoquines, y dobló coleando por Pavón; una bala pego en la pared haciéndole sentir el revoque desprendido sobre la coronilla. Al ir acercándose a la esquina de 24 y Constitución, vio un grupo de policías que se aprestaba a pararlo. Frenó en seco y notó que estaba entre la espada y la pared. A unos metros había un carro volcado. Rodó hasta él y se agazapó detrás. Se sintió perdido, estaba rodeado.

Miró a un lado y al otro, y vio venir tanto a los parapoliciales que doblaban por Pavón como a los uniformados que venían desde Constitución. Él, a media cuadra. tras el carro. Respiró, pensó en lo absurdo de todo, miró a la luna hermosa sobre su cabeza y sintió que tenía que tomar una decisión. Prendió el celular y los alumbró con la linterna como para distraerlos. La sorpresa funcionó, ya que ambos grupos se detuvieron. Hizo sonar los diferentes tonos y puso uno a todo lo que da uno que tenía el sonido de una ametralladora. Los tiros no tardaron en llegar. Se acobijó tras el carro y sintió la madera desprenderse por los disparos. No quedaba otra. Se tendría que rendir. Iba a levantar las manos cuando cesaron los disparos, se hizo un silencio absoluto que solo fue interrumpido cuando sintió un sonido en el celu que no había sido accionado por su voluntad. Miró el teléfono. Tenía un pedido.

Adrián Dubinsky