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Las calesitas de Buenos Aires

La Legislatura intentará promocionar el reconocimiento de las calesitas como referentes urbanos de la Ciudad, así como la promoción de la valorización del bien “calesita” y “carrusel” en sí mismo y de la actividad que ella genera, que comprende a su organizador y a su público, tanto infantil como adulto.

Las calesitas tienen un efecto cultural multiplicador e integran la memoria de la Ciudad de Buenos Aires por lo que corresponde estimular la actividad y su proyección para las generaciones futuras. Si bien es cierto que no todas poseen la misma antigüedad, no menos cierto es que todas tienen un valor estético (por sus colores, formas, sonidos, etc.), histórico (por los personajes barriales que la han frecuentado a lo largo de su historia) y social (porque se convierten en referentes del barrio donde se encuentran instaladas, enriqueciendo la vida de ese sector de la ciudad).

Según los autores la normativa actualmente vigente impide el otorgamiento de nuevos permisos a calesitas o carruseles, e importa una inadecuada generalización ya que el Código de Habilitaciones equipara a las calesitas y carruseles con otros tipos de permisos o concesiones sin reparar en el valor histórico y cultural de los mismos y en el beneficio que poseen para la comunidad y en especial para los niños.

Las  calesitas de Buenos Aires representan un patrimonio cultural argentino en general y porteño en particular. La primera calesita de  Buenos Aires se instaló en 1867, en lo que actualmente es la Plaza Lavalle, entre el Teatro Colón y Tribunales, había sido fabricada en Alemania y en 1891 se fabricaría la primera calesita en el país.

Las típicas calesitas y carruseles tienen una plataforma circular giratoria, en cuya base se encuentran instalados asientos. Estos asientos tienen por lo general la forma de animales (caballos, leones, et.), automóviles, aviones y las más recientes de naves espaciales. En las calesitas los asientos son estáticos, y en los carruseles a medida que la plataforma gira, los asientos tienen un movimiento vertical.

Una particularidad que surgió en la Argentina es la sortija, un invento de la década del ’30 que se inspiró en las carreras que hacían los gauchos, y que todavía pueden verse los fines de semana en la Feria de Mataderos. Sacar la sortija tiene un componente de habilidad y suerte. El niño que logra alcanzarla y sacar la sortija, tiene como premio una vuelta gratis.

Existen en la Ciudad más de 50 calesitas y carruseles ubicados en espacios públicos. Están instalados mayoritariamente en parques y plazas. Se encuentran calesitas o carruseles en un gran número de barrios porteños: Belgrano, Colegiales, Boedo, Flores, Caballito, Devoto, Liniers, Villa Luro y Parque Lezama son sólo algunos de los rincones urbanos que convocan a las familias con calesitas ya históricas.

En la página web www.calesitas.com.ar se pueden encontrar las ubicaciones de todas las calesitas de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

La calesita es un juego vigente que ha trascendido las épocas. Hay cosas que son universales y que se transmiten de padres a hijos, los lugares se van repitiendo. La calesita y/o carrusel es un juego que se traspasa de generación en generación, un juego donde la alegría de los chicos se combina con la emoción de los padres. Los niños encuentren placer y  diversión y los adultos acompañan y se encuentran con parte de su propia historia.

La fantasía de un niño al ver la calesita, al jugar en ella, no es sólo dar una simple vuelta, sino una vuelta mágica, llena de ilusiones.

Desde lo psicológico, se puede mencionar la importancia de lo que representa el juego para la constitución subjetiva infantil y jugar en la calesita, con sus características propias, habilita a las primeras experiencias de separación niño-adulto, de socialización y a la representación de un mundo mágico propio del niño, construido con  caballitos, auto, aviones, etc., acompañado por la música infantil de moda de cada tiempo, y con el desafío personal y emocionante de poder sacar la sortija en algunas de las vueltas.

Subirse a la calesita para un niño, es comprar un boleto y hacer un pequeño viaje por un mundo de ensueño. Es entrar en un mundo mágico subido a uno de los caballitos y soñarse cabalgando, o a un autito imaginando estar manejando como los padres. Es dar vueltas esperando con ilusión sacar la sortija. Con la mirada atenta de la mamá, papá o abuelos, que desde afuera saludan cada vez que la vuelta los encuentra.

Muchos adultos recuerdan con alegría sus vivencias con la calesita, sus experiencias están totalmente asociadas con días felices en la niñez, mencionan su encanto y disfrute y el plus aparte que era sacar la sortija. “muchas veces el calesitero se esmeraba para que los chicos tuvieran la alegría de sacarla… Creo que el «calesitero» dejaba que uno la sacara”

En la zona de Juan B. Justo y Lope de Vega, en Villa Luro, sobre Juan B. Justo, se encuentra un galpón justo enfrente de la parada del metrobús. En ese lugar funciona un taller de restauración de objetos de calesitas. Se ven caballos fileteados, Bambis, enanitos de Blancanieves, objetos nuevos y en reparación.

Leonel, Mariano y Daniel, son tres jóvenes artistas que transformaron el taller de calesitas del abuelo de Leonel, una amplísima construcción de los años ’40 , en un espacio para reinventar el arte del carrusel. «Al convertir caballos de calesita en objetos de arte, demostramos que el arte es ruptura y que puede transformar lo cotidiano en algo nuevo y sorprendente», comentó Daniel. «Queremos que en nuestro espacio de trabajo viva la historia porteña», afirmó Leonel.

En ese taller desarrollan la propuesta artística del grupo Carne Hueso (http://www.facebook.com/carnehueso), que tiene que ver principalmente con la restauración artesanal de de los objetos de las calesitas.