Las obras en la plazoleta Raúl González Tuñón, ubicada en el corazón de la Comuna 3, avanzan hacia su etapa final luego de varios meses de trabajos que incluyeron la renovación del espacio verde, la reparación de medianeras y la mejora del equipamiento urbano. Sin embargo, el proceso también abrió un debate clave para el barrio: la preservación de los murales comunitarios que forman parte de la identidad cultural del lugar y el respeto por los tiempos de las organizaciones sociales que los realizaron.
Así lo explicó Cecilia Lloret, integrante de la Mesa Promotora del Consejo Consultivo de la Comuna 3, quien brindó un detallado panorama sobre el estado de las obras, las dificultades técnicas que se presentaron y el trabajo articulado entre vecinos, organizaciones y la Junta Comunal.
Una obra que se extendió más de lo previsto
La plazoleta ingresó en obra en junio del año pasado, como parte del plan integral de renovación de espacios verdes impulsado por el Gobierno de la Ciudad. Según relató Lloret, durante los primeros trabajos los contratistas detectaron graves problemas estructurales en las medianeras lindantes, una situación visible incluso para los vecinos a simple vista.
“La detección de estas fallas implicó estudios técnicos, reuniones con frentistas y trabajos adicionales que no estaban planificados, lo que extendió considerablemente los plazos originales”, destacó. En particular, una de las medianeras, ubicada sobre la calle 24 de Noviembre, presentaba riesgo de desprendimientos, lo que obligó a realizar tareas de apuntalamiento y reconstrucción integral, financiadas por el GCBA.
A esta complejidad se sumó otro factor: la reactivación de una obra privada sobre la avenida Hipólito Yrigoyen, donde un edificio que había quedado inconcluso durante años cambió de propietarios y retomó su construcción. “Eso generó nuevas preocupaciones vinculadas a la seguridad, la caída de materiales y el cuidado del arbolado”, señaló.

Seguridad, medianeras y convivencia urbana
Desde el Consejo Consultivo se hizo especial hincapié en la necesidad de garantizar condiciones de seguridad permanentes, tanto para quienes transitan la plaza como para los trabajadores de la obra. En ese marco, se estableció un contrato entre el GCBA y la empresa constructora lindera para que adopte todas las medidas preventivas necesarias durante el tiempo que continúe la edificación.
“Entendemos que la plaza es un espacio público, con actividad social, cultural y recreativa. Por eso, cualquier obra que la rodee debe extremar los cuidados para evitar riesgos”, analizó Lloret. También se expresó preocupación por el impacto que la construcción puede tener sobre los árboles recientemente plantados, uno de los cuales ya muestra signos de deterioro.
El eje cultural: murales, identidad y participación
Más allá de las cuestiones estructurales, uno de los puntos centrales del debate gira en torno a los murales comunitarios que forman parte de la plazoleta. Estas intervenciones artísticas, realizadas por distintas organizaciones sociales y culturales del barrio, constituyen una expresión de memoria colectiva, identidad barrial y participación ciudadana.
Lloret recordó que en obras anteriores algunos murales habían sido blanqueados sin consulta previa, lo que generó fuertes conflictos con las organizaciones. “Esta vez, la Junta Comunal abrió el diálogo desde el inicio y se comprometió a facilitar los materiales necesarios para la restauración de aquellos murales que resultaran dañados durante la obra”, aclaró.
En la reunión del jueves 12 de febrero, la intercomisión de Cultura del Consejo Consultivo recorrió la plaza junto a funcionarios porteños y recibió información detallada sobre el estado de los murales. Allí se planteó la posibilidad de rehacer completamente aquellos que se encuentren más deteriorados, incluso ofreciendo la opción de volver a blanquear las paredes como lienzo para nuevas intervenciones colectivas.

Los tiempos del Estado y los tiempos de las organizaciones
Uno de los puntos que genera mayor tensión es la diferencia entre los tiempos administrativos del Estado y los procesos colectivos de las organizaciones barriales. Mientras la Junta Comunal solicita definiciones rápidas para avanzar con la entrega de materiales, las organizaciones necesitan reunirse, debatir y consensuar decisiones.
“No se trata de una persona que decide sola. Cada mural fue un proceso colectivo, y su restauración también debe serlo”, remarcó Lloret, y agregó: “las instituciones muchas veces no comprenden la dinámica de los espacios autogestionados, donde los acuerdos llevan más tiempo, pero son mucho más sólidos”.
Desde el Consejo Consultivo buscan mediar para que se respeten estos tiempos sin que ello implique demoras innecesarias. “Nuestro rol es visibilizar estas dinámicas y defender la participación comunitaria como un valor central en la gestión del espacio público”, sostuvo Lloret.
Una plaza que vuelve a abrir y un barrio que espera
Tras meses de espera, la plazoleta González Tuñón se encuentra en su etapa final de obra y podría reabrir en las próximas semanas, si las condiciones climáticas lo permiten. Para el barrio, esto significa recuperar un espacio clave para el encuentro, el juego, la recreación y la vida cultural.
Sin embargo, la expectativa no se limita a la reapertura física. También está en juego el reconocimiento del trabajo colectivo, la memoria barrial y la construcción participativa del espacio público. En ese sentido, la restauración de los murales aparece como un símbolo de una concepción más amplia de ciudad: una donde las obras no borren la historia, sino que la integren.
“La plaza no es solo cemento y juegos. Es un espacio de identidad, de vínculos y de construcción comunitaria”, concluyó Lloret. Una definición que sintetiza el espíritu con el que vecinos y organizaciones siguen de cerca cada paso de la obra, esperando que la renovación urbana vaya de la mano del respeto por la cultura barrial.












