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Riesgo Kuka o la venda de un triunfo cultural

Más que una etiqueta, el 'riesgo kuka' opera como un dispositivo de clausura cognitiva. ¿Es posible reconstruir un proyecto de país cuando el odio se ha vuelto la principal matriz de pensamiento? Por Juan Mathias.

Entre el laboratorio libertario-trumpista y la brutalización del debate en redes, la Argentina enfrenta una mutación cultural donde la defensa de la soberanía nacional es estigmatizada como un resabio del pasado. El dato de la época es que el progresismo huele a viejo. Que ser antiwoke garpa y, en términos criollos, está de moda, es trend, ser antiperonista o anti K. Ya sé, me van a decir que hace más de 80 años que persiguen al peronismo. Estoy claro de eso. Reducir lo que ha sido el motor de la violencia política en Argentina desde 1945 es un error de diagnóstico. Lo que hoy se presenta como un trending topic de odio tiene raíces profundas: el bombardeo a la Plaza, los fusilamientos y la proscripción. Pero el análisis no va hacia el peronismo explícito, sino a la excusa y la estigmatización de las ideas populares.

En esta etapa, la “derecha” -que aprende más rápido que el resto de sus errores- logró instalar un dispositivo mucho más efectivo por su carácter superficial: el «riesgo kuka». Esta etiqueta funciona como una barrera cognitiva que anula la capacidad de razonar en términos de interés nacional. No importa si sos peronista, radical, nacionalista o, simplemente un ciudadano al que no le gusta la evidente declinación de la soberanía de la Argentina, sos “kuka”. Incluso más, si te atrevés a cuestionar algún aspecto sobre el rumbo del gobierno: sos «kuka». Pasa en lo virtual y lo presencial. Pasa en las redes y en la vida cotidiana. La estigmatización ya no busca identificar una militancia, sino clausurar cualquier debate que huela a igualdad, derechos humanos, producción nacional o soberanía.

La comunicación del gobierno, navegando un mar con viento a favor, ha logrado sintetizar esta brutalización en frases que cercenan cualquier pensamiento complejo. «¿Te duele, kuka?», es el nuevo punto final de toda discusión. Y no, flaco, no es que duela una derrota electoral; lo que preocupa es un país que renuncia a definir su propio destino, para ser un laboratorio de Trump y su tablero geopolítico. Pero la respuesta es siempre la misma: el eslogan vacío que evita explicar el saqueo.

Ya sabemos que el crecimiento de esta derecha disruptiva no vino de un repollo, sino de las deudas anteriores que no lograron cumplir con su contrato electoral. Esa desilusión permitió que la estigmatización prendiera; hay que hacerse cargo para poder contar otra historia. (También hubo un trabajo sistemático de corrección de errores o de focos de conflicto. Un dato, la actual AUH es 23% más alta que la que se pagaba durante la presidencia de Alberto Fernández). Pero para no ser unilaterales, lo que también es verdad es que cambió la época. Nos toca el eje de la virtualidad como matriz de pensamiento y difusión. Esta no entiende de verdades ni de mucho análisis. Es aún más emocional que crítica; está más cercana a las lógicas de las hinchadas futbolísticas que a las de la política. Si sos del Rojo o de Vélez sos amargo, no importa absolutamente nada la realidad. Si sos progresista, de izquierda o peronista, corres con el mismo patrón.

Ante este escenario, la pregunta para la oposición, pero centralmente para el campo nacional y popular es qué hacer ¿Hacia dónde se sale? Quien se resista a imaginar algo nuevo o diferente, simplemente no ha comprendido la magnitud de los cambios político-tecnológico-culturales que modelan el mundo actual. 

Entonces, ¿se va a una unidad hacia el centro para captar sectores medios, a riesgo de quedar desdibujados en consignas y programa, pero ampliando la base? ¿Se va a una radicalización total para presentar programas de fondo sin concesiones? Están también los que sugieren guardar las consignas históricas y «mimetizarse» con la comunicación de la época para intentar penetrar el algoritmo de Milei. O incluso otra menos activa aún, simplemente esperar a que el plan económico toque fondo -si es que lo hace- y  entonces ahí nos vendrán a buscar. Pero, ¿hay alguna garantía que en esas condiciones la gente saldrá a buscar al peronismo? ¿O quizás es más probable que encuentre un pastor evangélico, un empresario exitoso, un futbolista o una influencer para delegarle el sillón de Rivadavia? Lo que está claro es que quien te cuenta «cómo es» no sabe nada.

El desafío es romper este cerco de embrutecimiento político. Quien pretenda construir una alternativa al laboratorio libertario-trumpista debe saber que el garrote de “kuka» lo espera a la vuelta de cada frase. Como eso será así, diga lo que diga, la respuesta a este presente no puede ser un disfraz, sino la valentía de decir que vivir en un país más cerca de ser colonia que nación independiente, no es una opción; es una tragedia que estamos pagando todos. 

Recuperar la profundidad del desarrollo nacional, soberano e independiente, implica recuperar la capacidad de debatir lo que importa, sin pedir permiso y sin dejarse anular por la prepotencia de los eslóganes de moda. Pero es fundamental que también entendamos que hoy la gente exige soluciones concretas en sus vidas y empatía, más allá del color político hoy tan sesgado. El riesgo Kuka puede cambiar a otro, pero solo saldrán a flote los que hayan podido tejer redes sinceras y emocionales con un pueblo que todo el tiempo busca una salida.