Los juguetes que llenan las vidrieras de la zona de Once durante todo el año -y que se multiplican antes de cada fecha festiva- esconden, en muchos casos, un riesgo silencioso.
La reciente incautación de más de 1.500 productos falsificados por parte de la Policía de la Ciudad y la Agencia Gubernamental de Control (AGC) volvió a poner sobre la mesa un problema que trasciende lo comercial: la seguridad de los niños y niñas que usan esos artículos.
El operativo, realizado en ocho locales de las calles Pasteur, Azcuénaga y Sarmiento, permitió detectar un circuito de venta ilegal de juguetes apócrifos, valuados en unos 15 millones de pesos. Los productos imitaban marcas reconocidas como Lego, Pop, Avengers y DC, pero no contaban con la certificación de seguridad obligatoria que garantiza la ausencia de materiales tóxicos. La investigación fue impulsada por la Unidad Fiscal Especializada en Materia Ambiental (UFEMA), a cargo del fiscal Carlos Fel Rolero Santurain, y contó con la colaboración de la Cámara Argentina del Juguete.
Un peligro que va más allá de la falsificación
“Estos productos no solo vulneran los derechos de las marcas, sino que representan un peligro real para la salud de los chicos”, advirtió un vocero de la cámara empresaria, presente durante las inspecciones. Según especialistas, muchos de estos juguetes contienen pinturas con plomo o ftalatos, compuestos químicos que pueden afectar el sistema nervioso y hormonal de los niños tras un contacto prolongado.
El riesgo se agrava porque los consumidores, muchas veces, no logran distinguir entre un producto original y una falsificación. Los juguetes ilegales suelen copiar logos, colores y empaques de marcas legítimas, pero carecen del sello de certificación IRAM, que verifica que el artículo fue testeado y cumple con las normas de seguridad vigentes. “Cuando el precio parece demasiado bueno para ser real, probablemente lo sea”, resumió una comerciante de la zona, testigo de los allanamientos.
Once, epicentro del comercio informal
El barrio de Once, corazón comercial de la Ciudad de Buenos Aires, es también uno de los puntos donde la economía informal convive con el comercio tradicional. En ese entramado, los juguetes falsificados encuentran un canal de distribución ideal: locales pequeños, alta rotación de productos y escaso control.
Durante el operativo, los inspectores también detectaron falencias en las condiciones de seguridad de los comercios, como instalaciones eléctricas precarias y ausencia de matafuegos. Por estas irregularidades, la AGC labró actas de intimación y ordenó ajustes para garantizar la protección de empleados y clientes.
Vecinos y comerciantes del área señalaron que los controles son necesarios, pero que el problema es estructural. “Esto pasa todos los años, sobre todo antes del Día del Niño o Navidad”, contó Rubén, que tiene un local en Sarmiento al 2400. “Hay mercadería que entra sin papeles y se vende rápido. Si no hay inspección, nadie lo frena.”
La respuesta institucional
Desde la UFEMA, el fiscal Rolero Santurain explicó que el objetivo de estos procedimientos es proteger la salud pública y promover el consumo responsable. “No se trata solo de sancionar, sino de prevenir. Los padres tienen que saber qué compran, especialmente cuando se trata de algo que estará en contacto con sus hijos”, subrayó.
Los responsables de los locales —siete de nacionalidad china y uno peruana— fueron notificados por infracción a los artículos 201 y 289 del Código Penal, que contemplan delitos contra la salud y falsificación de marcas. Si bien no quedaron detenidos, se les inició una causa judicial y los más de 1.500 juguetes fueron decomisados.
Educación al consumidor y control permanente
Para la Cámara Argentina del Juguete, el operativo en Once confirma la necesidad de reforzar la educación del consumidor. “El sello de seguridad no es un detalle burocrático: es la garantía de que el producto no hará daño. El problema es que todavía falta conciencia sobre eso”, afirmaron desde la entidad.
A nivel local, organizaciones barriales y asociaciones de consumidores reclaman que los controles no se concentren solo en las grandes fechas, sino que sean constantes durante todo el año. También piden campañas de sensibilización en escuelas y centros comunitarios, especialmente en barrios donde los juguetes apócrifos se comercializan en ferias o puestos callejeros.
Cuidar lo que parece un simple regalo
El caso de Once no es aislado. Operativos similares se realizaron en otros puntos de la Ciudad y el conurbano, con resultados preocupantes. En todos los casos, el denominador común fue el mismo: productos falsificados, materiales inseguros y canales de venta informales.
El desafío, coinciden las autoridades, está en equilibrar el derecho al trabajo de los pequeños comerciantes con la obligación de proteger la salud de los más vulnerables. Porque detrás de cada juguete hay algo más que un objeto: hay un niño que confía, una familia que regala y un barrio que, de alguna forma, también se pone en juego.















