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Las zapatillas y el fin de una era en Once

Durante años, las zapatillas adidas fueron uno de los productos más buscados en las calles del barrio de Once, símbolo de un comercio callejero que marcó la identidad económica y cultural de la zona. Hoy, sin embargo, esas escenas de veredas repletas, vendedores ambulantes y puestos improvisados quedaron atrás. Once ya no es el mismo: los operativos de control y las nuevas políticas de espacio público transformaron por completo el paisaje urbano.

El corazón del comercio popular

En las cuadras que rodean la estación del tren Sarmiento, la avenida Pueyrredón y las galerías de Bartolomé Mitre, el calzado deportivo solía dominar el movimiento diario. Los vecinos y compradores del conurbano recorrían los pasillos buscando ofertas o modelos imposibles de conseguir en los locales tradicionales.
El mercado informal de Once funcionaba como un ecosistema propio: cientos de familias dependían de la venta callejera, donde cada par de zapatillas podía significar la diferencia entre llegar o no a fin de mes.

Durante años, la convivencia entre manteros y comerciantes formales fue tensa pero constante. Los primeros ofrecían precios bajos y atención cercana; los segundos, garantía y estabilidad. En medio, los vecinos, acostumbrados al bullicio y a las ofertas gritadas, tejían su propia rutina entre los puestos y las vidrieras.

El cambio que borró una postal del barrio

A mediados de 2024, el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires decidió intensificar los controles en la zona de Once. Los operativos de la Agencia Gubernamental de Control y de la Policía de la Ciudad se enfocaron especialmente en los puestos de calzado, considerados uno de los rubros más visibles del comercio informal.

Los inspectores decomisaron mercadería, se retiraron mantas y carros, y se aplicaron multas. Desde entonces, las veredas se ven despejadas, pero también desiertas. “Ahora vendemos un poco más, pero hay menos movimiento. Antes, la gente venía por las ofertas callejeras y terminaba entrando a los negocios”, cuenta Roberto, dueño de una zapatería sobre Mitre al 2600. “El público de los puestos no es el mismo que puede pagar en un local con alquiler e impuestos”, agrega.

Once después de los operativos

La medida fue presentada por el Ejecutivo porteño como una forma de “recuperar el espacio público y garantizar el tránsito peatonal”. Pero para los vendedores ambulantes, representó una pérdida profunda. Muchos de ellos, en su mayoría migrantes, quedaron sin alternativas laborales. Algunos se trasladaron hacia zonas como Flores o Liniers; otros optaron por vender de forma digital a través de redes sociales o grupos de mensajería.

La Cámara de Comercio e Industria de Once estimaba que antes de los controles, alrededor del 30 % de la venta callejera correspondía a calzado deportivo. Con su desaparición, no solo se redujo la competencia informal, sino también la afluencia de compradores, lo que afectó al comercio minorista del barrio.

Una identidad en transformación

Para los vecinos históricos, el cambio trajo sentimientos encontrados. “Once sin manteros no es Once”, dice Beatriz, residente del barrio desde hace cuatro décadas. “Era parte del paisaje, una red de trabajo que generaba vida en la calle. Ahora está todo más prolijo, pero también más vacío.”

El barrio siempre se caracterizó por su energía comercial, su mezcla de culturas y su espíritu emprendedor. Las galerías, los pasillos y los mercados de Once son testigos de historias de migración y trabajo informal que moldearon la identidad porteña. Sin embargo, el avance de las políticas de control urbano parece haber puesto fin a esa era.

Entre el orden y la subsistencia

El debate sobre la venta ambulante en Once refleja una tensión que atraviesa a toda la Ciudad: ¿cómo equilibrar la necesidad de orden urbano con la realidad de quienes viven del comercio informal?
Mientras el gobierno porteño defiende la limpieza y seguridad del espacio público, organizaciones sociales reclaman políticas integrales que contemplen alternativas laborales para quienes dependen de la economía popular.

El caso de Once expone, además, una paradoja: el mismo barrio que alguna vez fue sinónimo de caos comercial y vitalidad, hoy lucha por mantener su dinamismo en medio de la formalidad impuesta.

Conclusión: un barrio que busca reencontrarse

La desaparición de los puestos callejeros de calzado marca el final de una época. El bullicio, las ofertas gritadas y el ir y venir de los compradores fueron reemplazados por un silencio nuevo, más ordenado, pero también más distante.

Once cambió su fisonomía, pero no su espíritu. Aún conserva esa energía comercial que lo distingue, aunque bajo nuevas reglas. La historia reciente del barrio muestra cómo las decisiones urbanas pueden redefinir el pulso de una comunidad entera y cómo, detrás de cada par de zapatillas vendidas en la vereda, había mucho más que una transacción: había un modo de vida.