A tres años del inicio del conflicto en Sudán, la guerra no solo continúa sino que se ha transformado en una de las crisis humanitarias más graves del planeta. Lejos de encaminarse hacia una resolución, el enfrentamiento entre el ejército sudanés y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF, por sus siglas en inglés) se intensifica en un escenario marcado por la fragmentación interna, la injerencia extranjera y la disputa por recursos estratégicos.
En diálogo con este medio, la periodista y directora de Africa Mundi, Soraya Aybar Laafou, explicó que una de las claves para entender la persistencia del conflicto es la ausencia de una definición clara en el terreno. “No hay una victoria decisiva ni una negociación creíble. Ambos bandos creen que todavía pueden mejorar su posición militar”, señala.
Una guerra que se transforma y se agrava
El conflicto ha mutado en su forma de combatirse. Según Aybar Laafou, se observa una creciente sofisticación tecnológica, con mayor uso de drones y armamento avanzado, pero también una intensificación de la violencia sobre la población civil. “Los asedios son más prolongados, más crueles, y hay un castigo colectivo en zonas urbanas”, advierte.
A esto se suma la proliferación de milicias y grupos paramilitares que complejizan aún más el escenario. La consecuencia directa es el colapso de las condiciones de vida: hospitales destruidos, acceso limitado al agua potable y una crisis alimentaria que se profundiza por el bloqueo de la ayuda internacional.
Organizaciones como Human Rights Watch han documentado crímenes de guerra y posibles delitos de lesa humanidad por parte de ambos bandos. Sin embargo, la falta de acciones concretas por parte de la comunidad internacional refuerza un clima de impunidad que, según la analista, contribuye a la continuidad del conflicto.
El peso de los intereses internacionales
Uno de los ejes centrales de la guerra en Sudán es la participación —directa o indirecta— de actores extranjeros. “Sudán se ha convertido en un tablero de influencia”, sostiene Aybar Laafou, quien identifica a varias potencias con intereses estratégicos en la región.
Entre ellas, menciona a Emiratos Árabes Unidos, señalado por su presunto vínculo con la explotación de minas de oro en coordinación con las RSF. También destaca el rol de Egipto, que respalda al ejército sudanés con el objetivo de preservar la estabilidad regional, especialmente en relación con el control del río Nilo.
Otros actores relevantes son Irán, que habría brindado apoyo militar al ejército, y Rusia, interesada en consolidar su presencia en el corredor del Mar Rojo y asegurar el acceso a recursos naturales.
“La guerra se prolonga porque hay actores externos que obtienen beneficios. Se explotan recursos lejos de casa, a menor costo y con menor visibilidad”, resume.
La “maldición de los recursos”
Sudán es uno de los principales productores de oro de África, pero también posee otros recursos estratégicos como la goma arábiga, utilizada en múltiples industrias globales. Esta riqueza, lejos de traducirse en desarrollo, se convierte en un factor de conflicto.
“La historia demuestra que países con abundantes recursos naturales suelen enfrentar mayores niveles de inestabilidad. Es lo que se conoce como la ‘maldición de los recursos’”, explica la periodista. En este contexto, el control territorial se vuelve clave no solo desde lo militar, sino también desde lo económico.
Riesgo de regionalización
El conflicto ya tiene impactos más allá de las fronteras sudanesas. Países vecinos como Chad, Sudán del Sur y Etiopía enfrentan consecuencias directas, desde flujos masivos de refugiados hasta el tránsito de armas y combatientes.
Para Aybar Laafou, existe un riesgo concreto de regionalización. “No es una zona estable. Hay conflictos latentes y una fuerte interdependencia entre los países”, advierte. En ese sentido, señala que los Estados vecinos podrían desempeñar un rol clave si priorizan el control fronterizo, la mediación política y la apertura de corredores humanitarios.
Un contexto internacional adverso
El escenario global tampoco juega a favor de una resolución. La crisis en Medio Oriente, particularmente las tensiones en torno a estrecho de Ormuz, impacta en los precios de la energía y encarece la logística de la guerra. Al mismo tiempo, la disrupción en el comercio de fertilizantes agrava la inseguridad alimentaria en países como Sudán.
Por otro lado, la reducción de la ayuda humanitaria internacional, especialmente por decisiones políticas en Estados Unidos bajo el liderazgo de Donald Trump, ha tenido consecuencias directas en el terreno. “Se están desmantelando redes de asistencia en un país donde la infraestructura básica está colapsada”, alerta la especialista.
Una crisis que el mundo no logra frenar
Con más de millones de desplazados y una población atrapada entre la violencia, el hambre y la falta de servicios básicos, Sudán enfrenta una de las peores crisis de su historia reciente.
“La guerra continúa porque nadie la ha detenido realmente”, concluye Aybar Laafou. Entre la impunidad, los intereses geopolíticos y la falta de voluntad internacional, el conflicto sudanés se consolida como un drama prolongado, donde las víctimas siguen siendo, una vez más, los civiles.














