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De un patio de cemento a una huerta urbana: la experiencia agroecológica que crece dentro de la Facultad de Medicina de la UBA

Una experiencia de cogestión entre estudiantes, organizaciones sociales y la UBA convirtió un patio de cemento de la Facultad de Ciencias Médicas en una huerta agroecológica de más de 400 metros cuadrados, con producción de alimentos, compostaje, talleres y participación comunitaria. Por Martín Bustamante.
Colectivo Reciclador

En un lugar donde durante años parecía imposible imaginar árboles, cultivos o producción de alimentos, hoy funciona una huerta urbana agroecológica de más de 400 metros cuadrados. Está ubicada en el patio de Nutrición de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y se convirtió en una experiencia de organización comunitaria, producción ecológica y recuperación de un espacio urbano.

El proyecto es llevado adelante mediante una experiencia de cogestión entre el Centro de Estudiantes de Nutrición y el Colectivo Reciclador, organización de la que forma parte y que coordina Sebastián Briganti. La iniciativa comenzó a ampliarse el 28 de diciembre de 2021, a partir de una propuesta que buscaba reutilizar materiales considerados pasivos ambientales, como cubiertas y tachos, para construir infraestructura destinada a la agricultura urbana.

Actualmente, la huerta cuenta con más de 40 árboles, un jardín de mariposas, una mesa plantinera que produce entre 1.600 y 1.800 plantines mensuales, una biofábrica y un invernadero en construcción destinado a la producción de hongos comestibles. La producción se realiza sin utilizar agroquímicos.

Para Briganti, el proyecto demuestra que incluso aquellos lugares que parecen condenados al cemento pueden convertirse en espacios de producción, aprendizaje y encuentro.

Una huerta donde parecía imposible

El patio de la Facultad de Ciencias Médicas no era, a primera vista, un lugar destinado a la agricultura. El cemento, el asfalto y el estacionamiento parecían ocupar todo el espacio disponible.

«Un lugar así y no cualquier lugar: un patio de una universidad pública», explicó Briganti durante la entrevista. La experiencia, sostuvo, permite demostrar que existen numerosos espacios urbanos abandonados u ociosos que podrían ser recuperados mediante propuestas similares.

Pero para que una iniciativa de estas características pueda desarrollarse hace falta algo más que tierra y semillas. Según el integrante del Colectivo Reciclador, el principal recurso es la participación de la comunidad.

«Mucha gente que venga a meter mano en la tierra, que venga a colaborar, que venga a cuidar de ese espacio y que lo venga a habitar», planteó.

La propuesta no se limita entonces a producir alimentos. También busca recuperar conocimientos relacionados con la agricultura, el compostaje y el vínculo con las plantas, en una ciudad donde buena parte de la población tiene cada vez menos contacto directo con los procesos mediante los cuales se producen los alimentos que consume.

Una alianza entre la universidad y las organizaciones sociales

Uno de los aspectos más interesantes de la experiencia es su origen. La huerta no fue impulsada exclusivamente desde la universidad ni exclusivamente desde una organización social.

El proyecto surgió del encuentro entre ambos mundos.

En septiembre de 2021, integrantes del Centro de Estudiantes de Nutrición se acercaron a conocer una experiencia de huerta urbana en la que participaba el Colectivo Reciclador. Apenas tres meses después comenzaron a trabajar en el proyecto de ampliación de la huerta de la Facultad.

Para Briganti, ese proceso generó una experiencia poco habitual: una organización social que no proviene del ámbito académico pasó a formar parte de la vida cotidiana de una universidad pública.

«Nosotros nos sentimos parte, sentimos que estamos haciendo algo por esa universidad», señaló.

La articulación también permitió ampliar las capacidades del colectivo. La universidad abrió posibilidades para realizar análisis de compost, acceder a determinados sustratos y establecer vínculos con otras áreas académicas, entre ellas Agronomía.

El resultado es una experiencia de gestión comunitaria del territorio que combina conocimientos académicos, saberes construidos por organizaciones sociales y participación voluntaria.

Producción, compostaje y alimentación saludable

La huerta forma parte de un proyecto más amplio que busca modificar la manera en que se piensa la alimentación dentro del espacio universitario.

En el lugar también funciona un bar saludable, atendido por estudiantes de Nutrición, que abre de lunes a viernes de 10 a 17. Allí se ofrecen menús elaborados con criterios nutricionales y libres de productos ultraprocesados.

El sistema también incorpora el tratamiento de los residuos orgánicos. Alrededor de 300 kilos de materia orgánica por semana son compostados en el mismo espacio, junto con los restos generados por la propia huerta.

De esta manera, el proyecto intenta construir un circuito en el que alimentación, producción, residuos y recuperación ambiental formen parte de una misma experiencia.

No se trata solamente de plantar. Se trata de discutir cómo se produce, cómo se consume y qué ocurre con aquello que descartamos.

Una experiencia que también construye comunidad

El espacio se sostiene con la participación de voluntarias y voluntarios. Las actividades específicas de huerta se desarrollan los jueves y sábados, y no es necesario contar con conocimientos previos para participar.

Según explicó Briganti, quienes se acercan encuentran un pizarrón con las tareas del día y reciben acompañamiento durante las actividades. Los voluntariados funcionan los jueves y sábados de 12 a 18.

Además, funciona en el lugar la Escuela de Ecología Urbana La Margarita, que ofrece talleres, cursos y seminarios vinculados con la agroecología, la regeneración de suelos y otras prácticas relacionadas con la recuperación ambiental.

La propuesta también incorpora actividades culturales y artísticas. Cine en la huerta, espacios de lectura y encuentros comunitarios forman parte de una agenda que busca que el espacio sea mucho más que una superficie destinada al cultivo.

La agricultura urbana como nuevo actor de la ciudad

Briganti ubica esta experiencia dentro de un proceso más amplio que atraviesa a distintas organizaciones de Buenos Aires.

Así como el movimiento cartonero se convirtió, después de la crisis de 2001, en un actor fundamental de la recuperación de materiales y del funcionamiento cotidiano de la ciudad, considera que la agricultura urbana y la agroecología pueden convertirse en otro sujeto emergente dentro de la vida urbana.

La discusión excede entonces los límites de una huerta universitaria. También plantea una pregunta sobre qué usos pueden tener los espacios urbanos y qué actividades pueden desarrollarse allí.

En una ciudad donde el suelo disponible es cada vez más escaso y donde abundan patios, terrenos y espacios subutilizados, la experiencia de la Facultad de Ciencias Médicas propone otra posibilidad: recuperar esos lugares para producir alimentos, generar conocimiento, formar personas y construir comunidad.

La huerta «Anita Broccoli» muestra que la transformación puede comenzar en un espacio que, a simple vista, parecía condenado al cemento.

Y quizás esa sea una de las principales enseñanzas de la experiencia: para recuperar un espacio urbano no siempre hace falta construir más. A veces hace falta organizarse, abrir las puertas y volver a habitarlo.