En el corazón comercial de Once, donde miles de personas transitan a diario rumbo al trabajo, el oficio del cafetero ambulante forma parte del paisaje urbano desde hace años. Sin embargo, en las últimas semanas, trabajadores del rubro aseguran estar atravesando una situación crítica marcada por controles constantes, decomisos y dificultades para sostener la actividad.
Marcelo David Alejandro Hesse, cafetero de la zona, describe un escenario que —según señala— se viene agravando con el tiempo. “Esto ya viene del año pasado, pero ahora está mucho más fuerte. Hay una presencia permanente de patrulleros en las inmediaciones de la estación Once que hace prácticamente imposible trabajar”, cuenta en diálogo con este medio.
Controles intensificados y decomisos que afectan el sustento diario
El punto de inflexión, según relatan los trabajadores, se dio en los últimos días, cuando se reforzó la presencia policial en los accesos a la estación. “Desde la semana pasada hay móviles en cada una de las entradas. Yo llego a las 5 de la mañana y ya están ahí. No podés parar, tenés que moverte constantemente y perdés a los clientes”, explica Hesse.
El problema no se limita a la circulación. Dos semanas atrás, el propio cafetero sufrió el decomiso de su carrito de trabajo. “No es solo el carrito, que ya de por sí es caro. También te sacan los termos, la mercadería. Es un golpe económico muy fuerte”, afirma. A esto se suma el tiempo que demora la restitución de los elementos: “El año pasado tardaron seis meses en devolvérmelo”.
Un trabajo que empieza de madrugada y depende del flujo de pasajeros
Lejos de tratarse de una actividad improvisada, el trabajo de los cafeteros implica una rutina exigente. “Me levanto a las 3:30 de la mañana para preparar todo. Llego temprano a la estación, vendo hasta las 9 o 9:30 y después termina la jornada”, detalla Hesse.
La ubicación es clave: la mayoría de los clientes son pasajeros que llegan sin desayunar y aprovechan esos minutos antes de tomar el tren. “Es un servicio que se brinda hace mucho tiempo. La gente necesita algo rápido, un café con una factura, y sigue su camino”, agrega.
Durante un tiempo, la actividad permitió cierta estabilidad económica. “Se podía progresar, pensar en otros proyectos. Pero hace dos años empezaron los problemas con los controles y ahora se intensificaron mucho más”, sostiene.
Tensiones con la Policía de la Ciudad y zona gris normativa
Según los testimonios, mientras que los conflictos con inspectores de Espacio Público lograron atenuarse tras gestiones con autoridades comunales, el foco actual está puesto en los operativos policiales.
“El argumento es que no tenemos permiso. Y es cierto que para vender panificados no está habilitado, pero para el café sí hay una normativa. El problema es que no está del todo clara o convalidada, entonces terminan decomisando todo igual”, explica Hesse.
Esa ambigüedad genera un escenario de incertidumbre constante. “Te tratan como si estuvieras cometiendo un delito. Tenés que estar corriendo, escondiéndote. Es muy estresante”, describe. Incluso, relata que la frecuencia de los controles puede ser de apenas 15 o 20 minutos entre uno y otro.
Organización, asesoramiento y reclamo de soluciones
Frente a esta situación, algunos trabajadores comenzaron a organizarse y buscar asesoramiento. “Fuimos a la Defensoría del Pueblo y recibimos ayuda de gente de la Comuna 3, que se movió mucho para frenar los problemas con Espacio Público”, señala.
Sin embargo, reconoce que aún falta mayor articulación entre los propios cafeteros. “Somos muchos, alrededor de 30 en la zona, pero cuesta organizarnos. Siempre terminamos siendo pocos los que participamos”, admite.
A pesar de las dificultades, el reclamo central es claro: contar con un marco regulatorio que permita trabajar sin persecución. “No somos personas conflictivas. Solo queremos trabajar tranquilos, llevar el sustento a nuestras familias y que se encuentre una solución, algún permiso que nos permita hacerlo en paz”, plantea.
El rol de los clientes y el valor social del servicio
En medio del conflicto, los clientes aparecen como un respaldo clave. “Son muy empáticos. Entienden que no estamos haciendo nada malo, al contrario, brindamos un servicio necesario”, afirma Hesse.
La escena se repite cada mañana en Once: trabajadores que llegan apurados, compran un café, una medialuna y continúan su viaje. En ese intercambio breve, cotidiano, se construye también una red de confianza que hoy se ve afectada por la incertidumbre.
Un conflicto abierto en el espacio público
La situación de los cafeteros ambulantes en Balvanera vuelve a poner en discusión el uso del espacio público y las condiciones del trabajo informal en la ciudad. Entre controles, vacíos normativos y necesidades económicas, el conflicto sigue abierto.
Mientras tanto, quienes dependen de esta actividad insisten en la necesidad de una respuesta institucional que contemple la realidad del sector y permita compatibilizar el orden urbano con el derecho al trabajo.















